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Con calma llega y mi corazón se acelera.

Poco a poco sube mi presión, y empiezo a saltar encima de la cama.

No, no tengo once años. Tengo veintitrés.

Me siento tan feliz, podría escribir unas cien hojas, leer acerca

De la genética, descubrir una estrella a lo lejos de la galaxia, regresar a la universidad, tener uno o dos empleos. O tres, o cuatro…

Son las cuatro de la mañana. Carajo, no puedo dormir. Mi pecho sigue latiendo de prisa, ¡¿cuándo podré descansar?!

Son las seis de la tarde. Lavo ropa, observo cómo la máquina de monedas que está enseguida de las lavadoras se mueve al son del tiempo, hacía atrás y hacia adelante. Me hipnotiza. Saco una moneda de mi bolsillo. La pongo en la máquina, eran veinticinco centavos. Luego fue un dólar. Dos, tres… diez.

Diez veces las que me dejé caer, me dejé usar. Ya no era yo, era mi depresión. Lloraba cada noche, me sumergía en el alcohol y esperaba que todo fuese mejor.

Veinte. Veinte las veces que me dormía en clases, ya que no paraba de pensar. ¿Cuándo seré lo suficientemente buena? ¿Cuándo podré ser tan lista como mi compañera de a lado? ¿Cómo pasaré mis clases?…

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