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Si hay algo por lo que abandonaba el encanto de una mujer, era sin lugar a duda una noche de timba. No había viernes, ni sábado, ni domingo que yo no me ponía mi traje azul, mi corbata menemista y me iba a arrojarle unos mangos a la suerte. A decir verdad, muchas veces no fueron solo unos mangos, varias veces fue mi sueldo completo y tuve que poner mi mejor cara de circunstancia para que algún amigo benefactor me hiciera la gamba para llegar a fin de mes.

Todo era normal en mi rutinaria vida, hasta que conocí a Graciela. Como todos saben, las mujeres quieren cambiarlo todo, hasta algunos como yo que a los supuestos vicios los vemos como virtudes. Graciela me conoció como lo que denominan un ludópata. Era un enfermo para ella y para la sociedad, era alguien con la valentía de vender su alma atrás de la bolita saltarina de una ruleta.

Así fue como antes de casarnos ella me mandó a “Jugadores Anónimos” para que me rehabilitaran y tras cartón lleno me consiguió un empleo formal en el laboratorio que dirigía su padre. Yo era muy bueno para aprender, así que no me costó mucho llegar a ser la mano derecha del viejo.

Hacía diez años que no pisaba un casino, solo y muy de vez en cuando, me jugaba unos numeritos a la quiniela, cuando por casualidad soñaba con alguna de esas cosas que uno no puede esquivar. Ya no iba más a las reuniones del grupo de ayuda a los jugadores compulsivos, ya me sentía seguro de no caer en ninguna tentación. Tuvimos un hijo y él me hizo responsable. Había sanado, había sentado cabeza.

Al viejo lo habían invitado a una convención de laboratorios y para colmo de males se dio cuenta que no tenía actualizada la visa, por tal motivo lego su lugar y representatividad de la firma a su hijo postizo, o sea yo. ¿Y dónde se les había ocurrido a estos gringos a hacer el evento? En el paraíso de los timberos: Las Vegas.

—¡Ojito con lo que hacés! —Me sermoneaba mi mujer, mientras preparaba las valijas.

—¡Tranquila! Me voy a portar bien… ya estoy recuperado. —Le respondí tratando de comprometerme desde ese mismo instante a no hacer ninguna locura.

—Traéme las cremas para el cutis, también tráele un whisky a papá, ¡Ahhhh! ¡Y acordate de traerle un regalito a Francisquito! Te vamos a extrañar mucho. —fue la última recomendación que me hizo Graciela, justo antes de que llegara el remis que me llevara al aeropuerto.

Puse mi corbata amarilla de seda y mi saco bien acomodado para que no se arruguen en el viaje y ahí empezó mi fantástico periplo.

Siempre digo que la vida es un juego al que se le perdió el manual de instrucciones, ya que desde el momento en que subí al avión en Ezeiza hasta que aterrizamos, no paré un minuto de pensar en las tentaciones que debía superar.

La primera señal fue cuando acomodé mis cosas en el portaequipaje y veo el número de mi asiento, treintaicinco ventanilla. Eso era lo que marcaba mi ticket.

En ese momento no le di importancia, cualquier número podría haberme tocado y más cuando viajas como turista. Al llegar al aeropuerto de Las Vegas, me subo al micro que me llevaba al hotel Bellagio, donde se haría el encuentro empresarial, y puedo advertir que los últimos dos dígitos de su chapa patente formaban el treintaicinco. El negro que manejaba me baja las valijas, le doy un dólar de propina y voy derechito a hacer el check-in. Entro por las enormes puertas giratorias y me encuentro en cuerpo y alma en el portal del infierno. Miles de maquinitas tragamonedas, ruletas, mesas de punto y banca y todo tipo de juego que ya había extirpado de mi vida por completo.

Con mi Tarzanico English, me acercó al Front Desk y le digo a la tipa que ahí atendía:

—I have a reservation here. — (tengo una reserva acá) le dije sin ponerme colorado.

Y la señora muy amablemente, después de pedirme el pasaporte y mi tarjeta de crédito, me indicó que mi habitación era la 1135.

Me fui al cuarto, acomodé la ropa, colgué en una percha mi saco sport y mi corbata amarilla de seda y me fui a dar una ducha. Estaba rendido.

Yo tenía claro, a pesar de tener toda esa incitación al alcance de mi mano y que no habría nadie que pudiera verme para contarle a mi esposa o a mi suegrito, yo debía ser responsable y portarme como un duque. Esta era la prueba de fuego, una prueba contundente e inevitable, debía ver que tan potente era mi fuerza de voluntad.

Las presentaciones empezaban al día siguiente, así que después de una buena siesta me tomé un tiempo para conocer la ciudad del pecado.

Después de recorrer Las Vegas Boulevard, volví al hotel y me metí en un restorán argentino, para comer un buen bife de chorizo. Yo con las comidas Yanquis no la voy. Cuando vi los precios me di cuenta de que estaban un tanto excedidos del presupuesto que me habían asignado para mis gastos de viáticos. Después del cafecito, ya que no me dio para postre, me permití dar una vuelta por las callecitas alfombradas del casino.  No era para acercarme al fuego de la tentación, ni para probar mi vulnerabilidad, era simplemente por curiosidad de ver cómo la gente dejaba lo que no tenía atrás de sus apuestas. En eso me acerco a una mesa donde había un chino que hacía de croupier. Miré la pantalla donde iban apareciendo los números que iban saliendo y quise tratar de entender si tenían alguna lógica. Si predominaban los rojos, o los negros, o si la tendencia era por la primera, o la tercera docena. La gente que jugaba se agolpaba con sus montañas de fichas de colores para poder hacer sus posturas. Miraba sus caras estoicamente y me sentía identificado con la emoción de esperar que la bolita se digne a caer después del repiqueteo en ese casillero que tanto deseaban. Se me acercó una chica con una pollerita insignificante y me ofreció un trago que llevaba en una bandeja, le dije como pude que no quería. En realidad quería, pero no tenía guita, la minita insistió diciéndome que era Free, así que me agarré un vaso e hice fondo blanco casi sin pestañear. En eso el chino me mira como si me conociera de toda la vida y me dice algo que apenas entendí, pero que le asentí con la cabeza para no parecer un caído del catre. Los jugadores ponían montañas de fichas y a mí me empezó un hormigueo en las manos. Al principio pensé que me había caído mal el trago que me había dado la minita, pero se me paso de pronto, cuando vi que la bolita aterrizaba en el treintaicinco y un chavón se cargó con una tonelada de fichas de las más grandes. Ese fue el instante en el que me pregunté “¿Que estás haciendo acá?”. Y me hice un juramento, seguramente el diablo debe estar dando vueltas por aquí y quiere que salga corriendo a volver a las andadas por un numerito ridículo que acababa de salir. Por eso, como soy muy cabalero a pesar de haber abandonado mi esencia, me planteé el siguiente condicional “Si por casualidad la próxima cantada del chino es Negro el 35 subo a la habitación, busco unos dólares y me tiro unas fichitas, total… quien se va a enterar y yo conozco mis límites, yo sé muy bien cómo controlarme.”

Dicho y hecho, el chino me miró, sonrió y pude ver su diente de oro que brillaba en medio de su bocaza. Dirijo mis ojos hacia la ruleta que dejaba de tintinear y la bolita estaba ahí… quietita… como si yo mismo la hubiese puesto con la mano, era indiscutible, era una señal. Ahora mis manos no solo me picaban, sino que también me transpiraban. Salí corriendo al ascensor subí al piso once y fui a buscar plata para despuntar el vicio… pero solo un poco, esa era la condición. Me puse el saco, la corbata amarilla y me fui a lavar la cara y a peinarme.

Frente al espejo de baño me dije “Vos podés, tranquilo, no estás haciendo nada malo” y esa frase fue como una autorización que me daba para poder gozar al menos por un rato de lo que tanto me gustaba: “el escolazo”.

A los empujones me acomodé entre los jugadores, a mi izquierda tenía a una rubia tetona y a mi derecha un mexicano que parecía un capo narco. Le tiré cinco billetes verdes al chino y me preguntó algo, que no entendí pero esta vez también le asentí para no parecer un boludo y como respuesta me dio una montaña de fichas. Miré la pantalla y pude ver con desaliento que el 35 había salido dos veces más en mi ausencia. No me importaba, yo sabía que había recibido una señal divina, o del más allá, o de mi viejo que Dios lo tenga en la gloria, pero era una señal y debía obligatoriamente jugar al negro el treintaicinco. La adrenalina corría por mis venas a borbotones. Respiré hondo, y empecé a jugarle al mágico número y lo coroné a todos los números aledaños con toda la energía positiva que podía entregar en esa primera jugada. El chino me mira, me guiña un ojo y sabía que mi suerte estaba echada en esa bola que empezaba a rodar velozmente por los bordes de la ruleta. Veo que la bolita va directo a mi número entra en el casillero y vuelve a saltar saliendo el 12 colorado. La rubia de al lado empezó a pegar saltitos y a rebolear las tetas ya que había jugado al rojo un montón de fichas. El chino barrió todas las fichas que habíamos jugado y le pagó a la rubia. Pensé en abandonar ahí e irme a dormir, pero algo me decía que debía insistir y que la suerte iba a estar de mi lado, así que dupliqué la jugada que había hecho, obviamente enfocándome en el negro 35. El chino me mira, me vuelve a guiñar el ojo, y arroja la pelotita con fuerza en la ruleta. La pelotita gira y gira por el plato y esta vez veo que vuelve a ir directo al 35, hace un par de repiqueteos, entra en el casillero de mi número, rebota y salta al colorado 3. En ese momento no sabía si lo mío era mala suerte o mala puntería. El mexicano narco se ganó una carretilla de fichas y la rubia, que insistía con el colorado había duplicado su ganancia. Y así fue como mano tras mano fui perdiendo todas mis fichas. Llegué a tener palpitaciones. Tenía las manos temblorosas, pensé que me iba a dar un ataque al corazón. No me quedaba ninguna ficha y me puse la mando en el bolsillo y le mostré al chino mi tarjeta de crédito. Esta vez el chino asintió y ese fue el fin. Jugué, jugué y re-jugué sin asco al 35 y a sus compañeros de paño hasta que indicaron del banco que mi tarjeta había llegado a su límite. El chino me revoleó el plástico y yo lo reputié en mi mejor argento. Estaba desesperado, Graciela sin duda se enteraría al otro día, al querer ir a comprar alguna pavada al supermercado, que yo había reventado la tarjeta. Volví arrastrando mis pies, pensando que iba a ser de mi vida a partir de ese momento, que sería de mi empleo, de mi hijo y de mi matrimonio.

Me quedé los tres días que duraba la convención encerrado en la habitación. No salí a comer, tampoco tenía con qué pagar. Ya me había comido todos los chocolates y barritas que había en el frigobar.

Estaba claro que no iba a comprar ni las cremas para el cutis de Graciela, ni el whisky para su padre, ni el regalito para Francisquito, era el fin. Apenas me quedaban unas monedas para tomar el micro del aeropuerto y obviamente tendría que buscar la manera de rajarme sin pagar del hotel Bellagio.

El saco sport estaba tirado sobre una silla y mi corbata amarilla brillaba con el reflejo del sol que entraba por la ventana. Esa luz me hizo encontrar la única salida honrosa que me quedaba. Tomé la corbata, le hice un nudo marinero, puse la silla debajo del dintel de la puerta del baño, me subí, enganché la punta de la corbata en el marco de madera lo más firme que pude, pasé el lazo a través de mi cuello y ahí salté hacia el final.

A la mañana siguiente la chica que se ocupa de la limpieza de las habitaciones me encontró inconsciente sobre un charco de sangre. La corbata no fue lo suficientemente fuerte para soportar mis noventa kilos y mi cabeza se estroló contra el lavabo. Me llevaron a un hospital y recobré la conciencia luego de setenta y dos horas.

Lo primero que vi fue el rostro de un médico con barbijo y una enfermera negra.

—¿Dónde estoy? ¿Qué día es hoy? —les pregunté asustado.

—Tranquilo hombre, tranquilo, tienes que descansar. —me contestó el doctor en una mezcla de cubano americanizado.

—¿Pero que me pasó? ¿Cómo llegué aquí? — insistí en mi confusión.

Y la negra, más negra que Kunta Kinte, con los dientes más blancos del planeta me dijo:

—No fue nada chico, solo treinta y cinco puntos y un par de chichones.

 

Fin

 

 

 

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