– ¿Por quién me tomas?, dijo ella ligeramente enfadada, no hables más de sexo, es patética tu obsesión, con el tiempo las cosas cambian, son las hormonas, ya sabes cómo va esto…
– Todavía recuerdo –respondió él-, las veces que gritabas: pídeme lo que quieras, mientras tomabas en tus manos mi pene endurecido por las mismas hormonas que hoy tanto te incomodan. Pero hoy, quizás prefieras que hablemos de Platón, y tras expulsar el sexo de nuestros cuerpos, lo grabemos como un epitafio conformista y silencioso en las paredes de la caverna.
Solo espero amor mío, no haber llegado demasiado tarde, ni haberme perdido tanto de ti, como para que ahora, como si fuera un extraño, nuestra vida se disipe enredada en una cuestión de hormonas.

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