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La empresa para la que trabajo ha decidido este año montar una fiesta de carnaval. Estamos aquí quizás unos seiscientos empleados de todos los escalafones. Es una ocasión estupenda. Una fiesta de carnaval es mejor incluso que poder volverte invisible. Vamos, eso creo, porque evidentemente no tengo experiencia en ser invisible. Pero es estupendo. Aquí estoy, disfrazado del Zorro. Me he puesto mi sombrero y mi antifaz. Tenía un parche para tuertos, del disfraz de pirata del año pasado, y al final me lo he puesto también sobre el antifaz. He añadido un pañuelo rojo que oculta desde mi nariz hasta el cuello, como si fuera a atracar a alguien. En fin, en todos los disfraces la gente se toma libertades. A decir verdad… el único fallo quizás es que estoy un poco mareado, porque voy más tapado que las viudas de Bin Laden y aquí hace bastante calor. Las gotas de sudor resbalan desde mi sombrero de Zorro; la capa esta molesta un montón. Además, me he quitado las gafas, porque me reconocerían y porque son incompatibles con el antifaz, y con el parche como se puede imaginar cualquiera y, ya digo, entre lo que estoy sudando, que veo bastante mal, y los gintonics…ando bastante aturdido… Estoy solo, paseando entre mis compañeros de trabajo, y me río bajo mi pañuelo, porque nadie me reconoce.. Me planto cerca, escucho sus conversaciones… ¡Qué simples son, no me reconocen! Me río, me río mucho, como un conejo que se ríe oculto en su madriguera, en este caso un disfraz, pero me lo paso de maravilla.

¡Hala, a quién vemos por esta zona! Aquí está la tía buena del departamento jurídico disfrazada de Cruella de Ville.. Me acerco, creo que le voy a echar los tejos. Se lleva bien con mi novia, pero no me va a reconocer, y si me reconoce, haré como que ya contaba con ello.

-¡Hola, sexymbol! ¡Quién fuera un dálmata! Cuando quieras, me puedes despellejar, ¿eh? que yo te dejo.

¡Vaya! Vete al cuerno, tía. Esta no deja de ser tonta ni en la noche de carnaval. Me ha puesto mala cara y me ha advertido que la copa que llevo en la mano está inclinada y voy regando la sala. Y se ha ido y me ha dejado tirado como a una colilla. Le va lo de hacer de Cruella…

Voy un poco pedo…

Mi jefe se me queda mirando, como tratando de hacerme ver que no me porto bien… Y yo me encojo de hombros con un gesto un tanto desafiante, no sé si te lo imaginas, pero es un encogerse de hombros como diciendo… ¡Qué! ¡Y a ti qué te pasa! Le señalo con un golpe de mentón hacia arriba, como retándole. ¡Qué! ¿Por que seas muy jefe y muy tonto de las pelotas vas a imponerte también en esta ocasión? ¡Anda y que te den! No lo digo, ¿eh? Pero se entiende igual. Alrededor del jefe todos mis compañeros peloteando se me quedan miando muy serios, menos Suárez que cuchichea y se burla. Odio a esta gente. ¡Cómo odio a esta gente! Y ahora puedo hacer lo que me apetezca en sus narices, porque soy el Zorro, qué divertido. Mira que son simples…

A su lado hay una mujer que me mola, pero no la reconozco. Peluca, maquillaje con estrellitas y brillos, antifaz… seguro que la conozco, pero ahora no estoy para recordar… No sé si acercarme a ella y besarle la oreja directamente. Estoy fatal. Estaba guiñándole el ojo pero claro, no se nota. ¿Cómo se sabe si un tuerto te ha guiñado el ojo o solo está pestañeando? Menudo problema… ¿Todo el mundo pensará que le estoy guiñando el ojo? Casi nada, la tontería, oye… Me quitaré el parche porque además la gomita de los mismísimos me está cortando ya la oreja… Pero ahora no. Que hay una buenorra que se me acerca… Lleva un antifaz sujeto con la mano por un palito. Y en la otra mano lleva un abanico. ¿Ves? Como yo con el antifaz y el parche en el ojo, esta chica lleva también abanico y máscara y de todo.

-¡Hola!

Aunque no se me vea la cara no he podido evitar sonreirle ampliamente y mirarle ese escote de cortesana de Versalles que se ha puesto, que me hace alucinar. Está un poco seria. se queda parada frente a mí y no dice nada. Yo vuelvo a saludar.

-Hola, madame de Pitiminoise…-y me río mucho. He estado muy ocurrente con lo de Pitiminoise- ¡Tanto busto! -y vuelvo a reirme mucho- Perdón, perdón, perdón. Quiero decir, encantado. ¡Enchanté! -yo es que soy políglota de nacimiento.
Ella me responde muy seria.
-El busto es mío.
-Pues hay que felicitarte.
Me vuelvo a reír aunque me acojona un poco su voz seca. Me pregunto quién será.
-Está bien la fiestorra esta, ¿no?
-Estás borracho. Y ridículo por no decir patético, Alberto.

Uf. ¡Qué mal! Me conoce.
-¿Alberto? ¿Quién es ese Alberto?… Vale, está bien, sí, soy Alberto. ¿Cómo has sabido quién soy?
-No hay más que verte… Las pintas que llevas de… Las pintas que llevas… ¡de Alberto! Todos te están reconociendo, no sé si tú esperabas otra cosa.

-Noto que la gente me mira… Incluyendo a mi jefe y esa chica atractiva que está con él. Entonces, como nos reconoces a todos quizás me puedes decir quién es esa con pinta de calienta braguetas que parece que se quiere tirar a mi jefe.
-Claro que puedo decírtelo. Es Sandra López, tu novia.

Me quedo petrificado. La miro bien. ¡¡No pude ser!!. O… o sí que puede ser. ¡Dios mío!

-No tonto, es la directora de ventas. Pero podía haber sido tu novia, que soy yo. A partir de este momento, creo que es mejor que lo dejemos.

-Joder, Sandra, ¿por qué te pones así? ¿Y qué haces enseñando tanta delantera?
-Porque eres tonto, hijo, ya llevaba un tiempo negándome a admitirlo, pero ahora, por fin, veo claro: tú eres tonto. ¡Punto final!

Me quito el sombrero con parsimonia. El pañuelo. El antifaz. También el parche, claro… Bueno, me lo pongo hacia arriba. Y le digo.

-Lo malo de llevar un parche en el ojo es que cualquiera puede creer que le guiño el ojo ¿sabes? Porque cuando pestañeo…-le intento explicar pero ella me corta.

-Ya puedes ir buscándote otra novia, que por cierto, ya lo estabas haciendo muy bien. Y sin prisa pero sin pausa, debes buscarte además otro trabajo…

-Sandra, ¿sabes qué? No tienes sentido del humor… -en este instante desenfundo… ¡No! Se dice desenvaino. Desenvaino pues mi espada del Zorro- ¿Tienes un pañuelo?

Sandra saca un kleen-ex con rastros de maquillaje de entre los prominentes senos de cortesana y me pregunta si voy a llorar. Pero yo ato como buenamente puedo el pañuelo de papel a la punta de mi espada, para lo cual debo sujetar mi espada con mis muslos de tal modo que parece… feo. Se me cae al suelo el kleen-ex, me agacho y se me cae la espada. Tras recogerlo todo lo pincho como si fuera un bicho.
-Alberto, lo del pañuelo en la lanza, que no en la espada… es de antes del Quijote. No del Zorro.
-¡Da igual! Todo esto que ha pasado aquí lo pienso contar en un relato que introduciré en desafiosliterarios.com  para el Desafío Carnavalesco. ¡Hala! Y además, que sepas que ganaré el premio y asistiré gratis al taller de escritura de Enrique Brossa, que por cierto, es un tipo fenomenal. Pronto volveré con el premio del Desafío Carnavalesco a recuperarte, Madame de Pitiminoise, y volveré con tu pañuelo atado en la punta de mi espada.
-Vienen los de seguridad, Alberto, lárgate ya, por favor. Deja de dar la nota.
-Me voy pero volveré, como dijo… esteee… ¿? Bueno, tú mira los resultados en http://desafiosliterarios.com/desafio-carnavalesco/ y ya verás cómo ganaré yo.

En ese momento llegan los de seguridad y antes de que me digan nada les ordeno yo a ellos:

-¡Seguidme, muchachos! ¡Escoltadme hacia la puerta!

Y yo me dirigí hacia la salida, aunque me fui solo, ya que los de seguridad me dejaron ir y no me acompañaron ni con la mirada.

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