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Septiembre, el mes que yo nací, en aquel lugar maravilloso rodeado de bosques, de agua y de un dorado sol, como el color de mis sueños.
Nací un domingo, temprano, con prisas, para poder contemplar al fin lo que ya intuía desde dentro del refugio de mi joven madre, tan alegre y feliz.
Septiembre, el mes apacible y cálido, de días un poco más cortos, y de noches más largas, a las puertas de una nueva estación, de cambios, del reposo de la naturaleza, una oportunidad de reflexionar, de adentrarte en ti mismo, de fluir, como el río que acompañaba mi niñez con su dulce sonido. Me bañé tantas veces en sus transparentes aguas, libre, sola, en su dulce caricia. Deambulé por aquel bosque, en busca de fresas silvestres de intenso sabor. Olí las hermosas violetas, las fragantes lilas… Salté y corrí por prados llenos de margaritas, con mis dos fieles compañeros, mis perros que me seguían en mis aventuras diarias.
Vivía libre y feliz hasta que una densa niebla oscureció mi presente, se apoderó de mi blanca alma, y las noches se volvieron más oscuras, y los días más tristes.
Perdida en aquel bosque de penumbras, seguí mi camino, con valentía a pesar de mi fragilidad, hasta que encontré un resquicio de luz, una salida a mi dolor, a mi sufrimiento, a lo que no acababa de entender, de como gentes perversas pueden adueñarse de una frágil e inocente alma y hacerla añicos en tan temprana edad.
Han vuelto las antiguas sombras, pero ahora ya no soy aquella niña indefensa.
Ahora estoy preparada para acomodar antiguos traumas.
Ahora solo resplandece la luz que nace de mi interior.
Ahora es el momento de ser feliz.

" Los reflejos de mi alma, brillan en estos poema..."

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