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Colgué mis trajes en la percha para que juntas vivieran la soledad o se decidieran dialogar con las paredes de mi cuarto, que tanto habían visto, oído y sentido con su corazón pintado de azul. No cerré la ventana porqué después de tantos años de estar abierta los goznes se habían oxidado de tal manera que era imposible.  El roce hace el cariño, dicen, y ellos hacía muchos años que andaban abrazados. Dejé la persiana entreabierta porque yo sabía que al sol le encantaba entrar por las rendijas y pintar una reja en la pared. Dejé la cama desecha para que diera la sensación que, tal vez un día iba a volver.

La máquina de escribir lloraba y sus teclas manchaban el papel con lágrimas de dolor. Al final no pude leer lo que quería decirme porque la hoja estaba emborronada. Los libros estaban tristes porque sabían que nadie les iba a liberar de su enemigo, aquel que se casó con el tiempo y juntos conversaban con las telarañas para darles el aspecto de libros viejos. Nadie iba a quitarles el polvo porque a nadie más importaban a parte de mí.

Pero sabéis? Cuando el amor llama a la puerta y sabes qué es por lo que estabas respirando y ahogándote al mismo tiempo, no importa dejar colgada la vida como mis ropas en la percha, y dejar un tiempo vivido, por decir algo, porque sin amor no se vive, y lanzarte al vacio sin mirar, vistiéndote con el velo de la confianza, caminar hacia este amor nunca vivido, aunque si deseado, y saber que a partir de entonces ya nada será igual.

Salí de noche, no para que nadie no me viera, sino porque la luna llena que me observaba con un alo misterioso me llenaba de intimidad. Era yo, yo y mi vida y en el mundo en estos instantes no había nada más.

Llegué junto al mar y le dije “aquí estoy” y mi traje de escamas brilló ante el fulgor que desde el cielo me observaba.

Él salió del mar, vestido también de escamas plateadas. Saludó a la luna, su amiga del alma. Me tendió la mano y me dijo: Nunca había visto una princesa con un traje de novia que brillara como tu traje de escamas blancas.

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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