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BAILANDO
Siempre había creído que lo mejor para relajar las tensiones tras un día duro de trabajo era tomarse una copa. Solo o acompañado, eso era lo de menos para permitirse el placer de sentir el frescor de un wiski mientras su paladar se regocijaba con su sabor. El pub al que acudía los viernes estaba cerrado por reformas, pero sabía que, a un par de manzanas habían abierto uno nuevo en el que la copa se disfrutaba acompañada por música. María, su secretaria le había hablado del lugar, el hecho de que se tratara de un local tranquilo en el que de vez en cuando tocaba un grupo de jazz, le resultaba tentador. Necesitaba que la música envolviera sus pensamientos y que estos perdieran protagonismo ante la sensualidad de las notas.
Al entrar divisó una mesa vacía en una esquina, con una silla cuya timidez era oculta tras la luz tenue de una lámpara que alumbraba vacilante. Le sirvieron su copa, y tomaba el primer sorbo con los ojos cerrados, era su forma de disfrutarla con más intensidad. Mientras el aroma se adentraba en él, su boca se inundaba con su sabor, que se paseaba al ritmo de los primeros acordes de la música que comenzaba a sonar. Cuando abrió los ojos la vio, allí estaba ella, de pie, en medio de la pista, con la mirada clavada en la suya. Sus pasos marcaban un ritmo que era acompasado por el movimiento de los rizos que caían sobre la desnudez de su espalda.
La sensualidad de sus movimientos lo hechizó al mismo tiempo que se perdía en la oscuridad de unos ojos que no se apartaban de los suyos. Tomó un sorbo de una copa que había quedado en el olvido de unos labios que ya no anhelaban disfrutarla. Unos labios que ansiaban disfrutar de aquellos carmesí que sin pronunciar palabra, lo habían seducido. Víctima del embrujo, se fue acercando lentamente hasta ella y sin apartarse de aquella oscuridad que lo tenía absorto comenzaron a bailar.
Sus cuerpos se acoplaron a la perfección, y mientras ella se movía, dejó que sus manos rodearan un cuello al que sus labios le regalaron un poco de calidez. Dos cuerpos que, al compás de la música se convirtieron en uno. Comenzaron una danza sensual y embriagadora. Cuerpos cuya cercanía hacía que oleadas de calor comenzaran a emerger como emerge la lava desde las profundidades de la tierra. Manos que dibujaban una espalda desnuda que se estremecía por el contacto de unos dedos que apenas daban pinceladas de una pasión que comenzaba a manar. Movimientos envolventes, seductores, movimientos que lo hacían perder la noción del tiempo, que lo arrastraban, que lo turbaban. Allí, perdido en medio de la oscuridad de su mirada, estuvo a punto de probar el veneno de su boca. Un veneno que ansiaba degustar, del que necesitaba jactarse, pero del que ella apenas le permitió sentir su sabor. La sensualidad de las notas musicales que reinaba en el ambiente los cautivó, quedaron envueltos y se perdieron en ella. Todo comenzó en medio de la pista, dejaron de ser dos, sin importarles nada ni nadie, se entregaron, bailando, hicieron el amor. ..

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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