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El inconveniente de beber tanta cerveza estando de juerga es que el cuerpo no aguanta muchas tomas sin ir eliminando la ya ingerida. La fiesta estaba genial, gente conocida y otra a la que acababa de conocer, pero que parecía estupenda, y aunque no lo fuera me apetecía mezclarme con ellos. Risas, diversión, comida para un regimiento y mucha cerveza eran los ingredientes perfectos para la estupenda velada de la que estaba disfrutando. Todo era perfecto excepto que mi vejiga empezaba a quejarse y a indicarme que necesitaba ser vaciada. Pregunté por el lavabo y me indicaron en qué dirección podría encontrarlo. Sin más dilación y con la premura que me indicaba mí ya acrecentada vejiga, me puse en camino. Llegué hasta la puerta que me habían indicado, la abro y entro cerrándola tras de mí. Estoy tan apurada que sólo alcanzo a ver mi trémulo reflejo en el espejo que cubre la pared lateral del baño. De pronto me veo inmersa en la oscuridad más absoluta, en la que no se percibe ni el más mínimo atisbo de luz. Extiendo mis brazos en medio de las tinieblas y estos me indican que estoy en mitad de la nada. Un escalofrío recorre mi cuerpo mientras lo único que percibo es mi respiración agitada. Los latidos de mi corazón acelerado acompasados por una respiración entrecortada y dificultosa es lo único que en ese momento rompe con un silencio ensordecedor. Doy pasos cortos al mismo tiempo que mis extremidades se mueven en el intento de encontrar un punto de referencia. No hay nada salvo el quejido del suelo que clama cuando mis tacones lo golpean. El aire se torna rancio, cargado y provisto de un hedor desagradable, dificultando aún más mi respiración. Las gotas de sudor frío resbalan lentamente por mi cara, es el mismo sudor que humedece la ropa que llevo puesta y provoca que la blusa se adhiera a mi cuerpo como si fuera parte de él. Siento su pesadez y su frialdad como una segunda piel, pero más densa y que entorpece mis movimientos Avanzo hacia la derecha y un dolor en la rodilla hace que me pare en seco. A pesar del daño, intento avanzar pero tropiezo y caigo al suelo. Tras la caída me incorporo quedando de rodillas en medio de una soledad absoluta en la que lo único que me acompaña es la certeza de mi destierro, de mi abandono en medio de la nada, una nada que se apoderaba lentamente de mí, que me hacía suya. Acerco mis manos al suelo para que me sirvan de guía, algo húmedo y viscoso las envuelve, las atrapa y las impregna con su olor. Es un espacio grande el que está cubierto por esta sustancia pringosa y resbaladiza que hace que caiga un par de veces. La desesperación me atrapa, por más que intento tranquilizarme quedo presa de ella, que se adueña de lo que soy en ese momento despojándome del poco valor que me queda. Sigo avanzando, aún a pesar de resbalar una y otra vez, continúo adelante intentando encontrar una salida. Hay algo en mi camino, me detengo, lo recorro con las manos y ellas me dibujan de qué se trata. Transitan por un tejido suave y sedoso que da paso a una aspereza que hace cerril el movimiento de mis manos. Lentamente las yemas de mis dedos se pasean por un pelo rizado, unas cejas pobladas y una nariz prominente. Mis dedos torpes y temblorosos me ayudan a acercarme a su boca, un hilo de aire cálido surge de ella con mucha dificultad. El miedo me asalta, se apodera de mí como un huracán capaz de arrasar todo cuanto se encuentra a su paso. Guiada por el pánico, la incertidumbre y la necesidad de pedir ayuda sigo avanzando. Gateo como un bebé por un suelo en el que la sustancia pringosa ha dado paso a una frialdad que quema. Mis manos me guían por la superficie dura y lisa hasta llegar a una pared. Recorro con desesperación su rugosidad y aspereza hasta que consigo incorporarme. Guiada por ellas me muevo nuevamente por aquella habitación buscando un interruptor o una puerta. No hay nada, salvo una pared que recorro una y otra vez, de arriba abajo, de un lado a otro. Estoy perdida, encerrada en un lugar con alguien que apenas tiene un aliento de vida y no encuentro una salida. Mi garganta suplica auxilio con desesperación, sonoro clamor como el de una loba en una noche de luna llena, desgarrador lamento que pide ser rescatada de aquél agujero. Mi voz se ha roto, por más que me esfuerzo mi garganta emite un lamento que es engullido por la oscuridad y que nadie oye.
-Cariño
Oigo su voz, es Richard, reconocería su calidez entre un millón, está ahí fuera. Desesperada grito auxilio con más intensidad hasta desgarrar mi garganta y romper mi voz. No me oye, no voy a poder salir de aquí, estoy atrapada…
-Princesa despierta, estás aquí conmigo- me dijo mientras me estrechaba entre sus brazos y yo aún sollozaba.

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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