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EL ESCLAVO
Hoy es uno de esos días en los que te levantas con una palabra que martillea en tu cabeza sin parar, con la misma intensidad con la que se golpea un clavo para que ente en la madera. Incesante ir y venir que interrumpe los pensamientos de cualquier índole sin importarle lo más mínimo. Tras la ducha y un buen desayuno voy a por mí diccionario para buscar su significado, no es que no lo sepa pero me apetece ver todas las acepciones que tiene. Lo encuentro con cierta rapidez, en él pone que un esclavo es la persona que está bajo el dominio de otro sujeto y que por lo tanto carece de libertad. Esto me lleva a remontarme a la antigüedad, a Mesopotamia, India o china donde ya se utilizaban los esclavos para las labores domésticas. Los romanos también tenían esclavos pero ejercían sobre ellos más derechos. En la Edad Media, por cuestiones religiosas, aunque no llega a desaparecer, pierde severidad y fuerza, pasando de ser esclavos a servidumbre. Esto no duró mucho tiempo porque por la misma cuestión, el esclavo volvió a su lugar, a ese que según sus propietarios le correspondía. El descubrimiento de América, la conquista de las Islas Canarias y así miles de situaciones que dieron pie a la esclavitud. Qué mejor destino les podía esperar a los prisioneros de guerra que la de ser esclavos, lejos de ser una vergüenza, tenían que considerarlo un honor. Un honor que alguien llegara a su tierra, esa que le había sido cedida por derecho y lo despojara de todo dejándolo a su merced. Gentes nobles que veían con dolor como mataban al que no se doblegase, al que no cediese al poder de otro ser humano como él, pero que se creía superior. Hablamos de esclavitud como algo histórico, como algo que ha marcado a nuestros antepasados y que ha escrito renglones de un libro que quizás pudo haber contenido otras historias. Pero la esclavitud no está lejos de nosotros, no se trata de algo ajeno o de otras culturas. Si nos paramos a observar, si hacemos un alto en el día a día surge una incógnita, ¿y sobre nosotros? Si lo analizamos, si nos detenemos a examinar nuestro comportamiento nos damos cuenta de que esa definición encaja a la perfección con la mayoría de nosotros. Somos esclavos de nuestro cuerpo, porque nos bombardean constantemente con publicidad para tener lo que ellos llaman la figura ideal. No nos damos cuenta de que sí, de que el cuerpo hay que cuidarlo, pues es nuestro hogar mientras transitamos en este lugar, pero no así. Nos dicen constantemente lo que tenemos que hacer, como debemos llevar el pelo, vestirnos, hablar o comportarnos. Criticamos como va vestido o la vida que tiene el otro sin ocuparnos de la nuestra, pasando por alto que no se trata de eso. Parecemos borregos que siguen al rebaño, y como el resto hace esto o aquello, sentimos la necesidad de hacer lo mismo, porque es la única forma de sentirnos como iguales, de identificarnos. Cuando nos vamos a permitir ser libres, cuando nos vamos a regalar el ser nosotros mismos. Cuando seremos capaces de despertar y abrir los ojos, pero abrirlos de verdad, no para mirar sin más. Abrirlos para tomar conciencia de que estar vivo es un regalo, de que nuestro cuerpo es perfecto como es y de que debemos cuidarlo pero no porque queramos alcanzar una belleza establecida, sino porque se trata de nuestro hogar. Cuando nos daremos cuenta de que somos seres especiales, únicos e irrepetibles, de que en la diversidad está la riqueza. Despertemos de esto que nos han hecho creer que es la vida, quitémonos el yugo que por creencias y educación llevamos encima. Aprendamos que para ser felices no necesitamos una gran casa, un buen coche o tener mucho dinero en la cuenta corriente. Si bien el dinero es necesario, porque decir lo contrario es mentir, no es el fundamento de nuestra felicidad. Porque si hay algo de lo que depende nuestra felicidad es de nosotros mismos, aunque suene a utopía no lo es. De nosotros depende nuestra actitud hacia la vida, de nosotros depende el sentirnos mejor o peor ante las situaciones que ésta nos vaya planteando a lo largo del camino. Quizás no puedo cambiar lo que me ocurre pero sí que está en mi mano la forma de afrontarlo. Ahí está la verdadera libertad, la de permitirnos llorar cuando sea necesario, o reír, o emocionarnos o simplemente darnos el permiso de ser felices.
Photo by Biblioteca General Antonio Machado

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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