Siempre reía y correteaba por todas partes, su risa llenaba la casa de notas musicales que jugueteaban tras ella y se enredaban en su pelo. Mientras peinaba a sus muñecas tarareaba alguna canción que su madre le cantaba, cuando, en las noches de tormenta, iba corriendo a refugiarse entre sus brazos. La magia de ser niña le mostraba un mundo maravilloso en el que sus ojos se abrían de par en par al mismo tiempo que observaba con asombro todo lo que la rodeaba. Disfrutaba de cada cosa y de cada instante con la misma intensidad con la que la leña es pasto de las llamas en la chimenea. Aquella pequeña de ojos verde mar y de cabellos dorados fue quedando atrás, dando paso a una joven y hermosa mujer. Unos labios carnosos daban color a una tez blanca y suave como la seda. Su belleza era admirada por los jóvenes del pueblo que le regalaban piropos cada vez que la veían pasear por la playa con su perro. Ella les miraba y les ofrecía una tímida sonrisa como agradecimiento a tan hermosas palabras. Pronto conoció el amor, su corazón juvenil comenzó a latir de una forma diferente cada vez que lo veía. De la mano de él descubrió la belleza de un sentimiento que la arrastraba, que llenaba su estómago de mariposas que revoloteaban sin cesar cuando la negrura de aquellos ojos se adueñaba del verde mar de los suyos. La entrega, la ilusión, las risas, los momentos compartidos llenaban su días de júbilo y armonía. Con él conoció el placer, el deseo de querer sentir el calor de otro cuerpo, la sensualidad de unos besos tiernos que poco a poco se convertían en apasionados. Dulces sensaciones que le mostraban la cara más tierna y amable del amor. No veía más allá de sus ojos, era incapaz de hacer o decir algo con lo que él no estuviera de acuerdo, todo su mundo era para complacerle, para hacerle sentir todo el amor que sentía por él. Su universo giraba en torno a él, a ese hombre que la había hecho pasar de niña a mujer, a ese hombre con quien descubrió la felicidad. Eran días en los que el astro rey coronaba un cielo azul intenso surcado por los pájaros en su vuelo alegre y de celebración. Sensaciones hermosas, vida de princesa de cuento de hadas en la que como todo final feliz, había encontrado su príncipe azul. Un príncipe que la elevaba dejándose mecer por el viento de flor en flor impregnándose de sus aromas. Los días en los que brillaba el sol, en los que lucía radiante coronando el cielo empezaron a apagarse. Comenzaron a aparecer las nubes, blancas al principio pero que cada vez se volvían más oscuras y no permitían que los rayos de sol las atravesasen. Aquella alegría que sentía al verle iba desapareciendo, se estaba transformando en otro sentimiento, uno que desconocía pero que comenzó a habitarla. La hora de que él regresara dejó de ser como cuando era niña y esperaba ansiosa la llegada de papá Noel. El rojo carmesí había dejado de vestir sus labios, el perfume ya no regalaba a su piel el sutil aroma a jazmín, su cuerpo había dejado de vibrar ante la espera. Las palabras de amor se habían convertido en insultos y vejaciones, Las caricias dieron paso a los golpes que dejaban su cuerpo lleno de marcas. Guantazos, codazos que no entendía pero asumía porque se sentía culpable y merecedora de unos golpes que justificaba ante su familia. Intentaba tapar con maquillaje hematomas que cambiaban la tonalidad de su piel pero que ya estaban en su corazón. Quería ocultar las marcas que mostraban cuanto dolor llevaba no sólo su cuerpo, también en su corazón y en su alma. Un corazón hecho pedazos y lleno de cicatrices tan profundas que difícilmente el tiempo podría hacer desaparecer. Un tiempo agónico que transcurría lentamente pero que ella necesitaba que fuese así cuando él se iba a trabajar. Los libros y la música eran lo que la alimentaba durante sus periodos de soledad. Transcurrían los días y con ellos el tiempo que pasaba a solas con ella misma y con los pensamientos que la asediaban constantemente en un ir y venir incesante. Lentamente comenzó a invadirla aquél hermoso sentimiento que sintió alguna vez, ese que le cambió la vida y en el que había dejado de creer. Sigilosamente el amor se fue haciendo hueco en un corazón roto y desgastado por el dolor, y sin saber cómo fue llenando y sanando sus heridas. Descubrió un lugar en el que, a pesar del dolor se sentía segura, en el que el horror de los golpes no eran más que un daño físico. Poco a poco comprendió que ella era algo más que un objeto, que algo de la propiedad de alguien a quien se le podía maltratar y vejar. Aquél día se paró frente al espejo y allí de pie se perdió en la profundidad de unos ojos hermosos y llenos de luz. Unos ojos en los que vio, después de mucho tiempo a una mujer maravillosa llena de inquietudes y con ganas de vivir. Una mujer valiente, un ser perfecto merecedora de toda la felicidad que la esperaba. Fue ese amor el que le dio el valor para comenzar un nuevo camino, un nuevo transitar con el ser más maravilloso que jamás iba a conocer, con la persona que jamás iba a fallarle. Hizo las maletas y emprendió el viaje con el amor de su vida, ella.

Begoña Rosa

Begoña Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña Rosa

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