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LA OCUPA
Ahora resulta que lo del cuento del “Flautista de Hamelin” no es del todo creíble. Siempre pensé que a todas las ratas les gustaba la melodía de la flauta, que al oír su sonido quedaban bajo un hechizo que las hacía vulnerables. Quedando carentes de voluntad, a merced del músico, que haciendo sonar unas notas, conseguía que lo siguieran sin oponer resistencia. Hechizados animalillos que guiados por una melodía parecen dóciles y tiernas criaturas dignas de la ternura de quien las observa. El caso es que tengo una inquilina nueva en casa, pero no se vayan a creer que paga el alquiler y los recibos como dios manda. Tampoco se molesta en preguntarme si puede coger algo de la comida que hay en la despensa, simplemente va y se sirve ella misma como si estuviera en su casa. Que le apetecen unas fresas, las coge y las saborea como un niño cuando le das un chupa chup. Y si pilla algún trozo de queso, como intente quitárselo se transforma en un ser horripilante. Los ojos, inyectados en sangre parece que se le van a salir de sus órbitas, la boca se le hace más grande permitiendo que se vean en toda su plenitud unos colmillos enormes y afilados dispuestos a hincarse en cualquier cosa que ose acercarse a ella. No es una inquilina a la que se pueda definir como normal, esta es más bien una ocupa, de hecho aparece y desaparece cuando le place. Bueno cuando le place no, sólo lo hace en mi cuarto de ensayo. De siempre se ha sabido que los roedores sienten pasión por el queso, tanta que muchas veces caen en la trampa por ser incapaces de evitar la tentación. Esta tiene otro gusto un tanto peculiar. Pensareis que estoy loco, bueno un poco sí, pero quien no posee algo de locura. El caso es que cuando me pongo a ensayar con los colegas aparece. Es ponerme a tocar el tambor, y veo como asoma lentamente. Los bigotes y el hocico es lo primero que se ve. Comienza a caminar con sigilo y se coloca junto a la batería, allí se tumba panza arriba y disfruta de los acordes mientras mueve una de sus patas siguiendo el compás. Ahora entiendo eso de que “la música amansa las fieras”. Aunque esta de fiera tiene poco. Observarla ahí, tumbada con los ojos cerrados, disfrutando de la música es enternecedor. Aunque oírla no es lo único que hace, puesto que en ocasiones se atreve a tocar. Hay días que se trae su saxofón, se coloca erguida al lado de mi zapato y con el saxofón entre sus patas delanteras comienza a tocar y nos acompaña. Siempre me pregunté qué hacía un saxofón tapando la puerta, lo cierto es que llegué a pensar que era el de Carlos, que se lo había dejado olvidado. Pero no, es de mi amiga, porque creo que después de varios ensayos, ya la puedo considerar así. Aunque todavía no hemos entablado ninguna conversación, ni creo que lo hagamos. No es que alguno de los dos sea tímido, es que ni yo hablo su idioma, ni ella el mío. Pero aun así, entendemos el de la música. Ese que sin necesidad de decir nada, lo transmite todo.

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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