MÁSTER
Yo que creía que no sería capaz ni siquiera de abrir una lata de conserva, ahora resulta que me he dado cuenta de lo equivocada que estaba. Cuando trabajas, pasas más tiempo fuera de casa que en ella y hay cosas que ni siquiera te planteas, de lo único que te preocupas es del trabajo. Los quehaceres de la casa son cosa de la asistenta, así que tú no tienes ni tiempo ni ganas de prestar atención a algo que crees que no sirve para nada. Pues bien, sucede que un día, por la causa que sea, te quedas sin trabajo, ¡vaya rollo¡ sobre todo al principio. Estamos tan acostumbrados a no parar, que cuando lo hacemos hasta nos deprimimos, como si para lo único que somos útiles sea para trabajar y poco más. Pasado este periodo de ahora ¿qué voy a hacer con mi vida? y ¿qué será de mí?, no te queda otra que adaptarte a la situación. Una de las cualidades del ser humano que quiero destacar es esa capacidad que tiene para adaptarse a las distintas situaciones que tiene la vida. Aunque yo me puedo adaptar a todo, excepto a bañarme con agua fría en invierno, por mucho que me digan que desprendo cierto aroma un tanto peculiar, si no hay agua caliente no hay ducha. Pues lo dicho, que por norma el ser humano se adapta con mucha facilidad, tanta que a veces hasta consigue asombrarme. Te quedas en casa y claro, la asistenta ya no es necesario que venga, y eres tú quien toma el mando del barco. Un barco que, de vez en cuando, cruza por alguna tormenta, pero de la que siempre he sabido salir victoriosa, o por lo menos sin sufrir daños mayores. Yo de capitana, casi nada, lo único que me falta es la pipa, no es que sea necesaria, pero he visto en alguna que otra película, que un capitán de barco que se precie ha de llevarla. En mi caso como no fumo, utilizaré un chupa chup, de los relleno de chicle, así podré hacer bombas cuando se termine, de esas gigantes que te explotan y te dejan media cara llena de chicle. El caso, es que tras un tiempo siendo capitana, cada vez lo hago mejor, pues ya no hay ola ni marejada que se me resista, he hecho un curioso descubrimiento. Me he dado cuenta de que tengo varios másteres. Tengo un máster en como comprar en una subasta, un garaje lleno de trastos viejos al mejor precio. Otro de los másteres es en como decorar tartas, he visto tantos programas, que me dejan y soy capaz de hacer el Empire State. También soy experta en cómo sobrevivir en la jungla desnuda durante una semana, comiendo cualquier animalillo que me encuentre y construyendo un refugio con ramas. Con matrícula he obtenido el de cómo decorar una casa con poco presupuesto, y he bordado el de customizar tu ropa. Esa ropa que ya ha pasado de moda, con una máquina de coser y unos retales soy capaz de confeccionar una prenda a la última. Anda que no hay programación en la que nos enseñan infinidad de cosas que jamás se nos hubiesen ocurrido, ¿a qué si? Programas y tutoriales por doquier, a diestro y siniestro, para todas las edades y para todos los gustos, donde nos aleccionan de cómo hacer esto o aquello, pero que no nos educan en valores. Nos enseñan a hacer de todo y por consiguiente enseñamos a lo mismo, pero nos olvidamos de la enseñanza más grande, la más valiosa, esa que sí que nos va a servir para toda la vida, y con esto no quiero decir que las demás no lo hagan. Aprendemos a competir, a que tenemos que ser los mejores, a que si hay que pasar por encima del otro, lo hagas sin importar nada más. Todo esto se queda en nosotros y es lo que enseñamos a nuestros hijos sin darnos cuenta de que al igual que nosotros serán como robots que obedecen unas órdenes. Seres hipnotizados que vagan por este mundo sin sentir, queriendo tener y poseer cada vez más cosas, y cuando las alcanzamos, queremos más. Se nos olvida que la enseñanza más importante es la de ser, la del respeto, la de sentir, la de reír, la de pasar por esta vida dejando huella, esa que sólo dejan los momentos compartidos, los abrazos, los besos, las caricias, una mirada, un atardecer, una noche de luna llena…. Con tanta distracción nos olvidamos de aprender y sobre todo de enseñar que aquí estamos para experimentar y sobre todo para ser felices.

Begoña Rosa

Begoña Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña Rosa

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