Siempre reía y correteaba por todas partes. Mientras peinaba a sus muñecas tarareaba alguna canción. Disfrutaba de cada cosa y cada instante, todo cuanto la rodeaba despertaba en ella una curiosidad especial. Pronto conoció el amor, quizás un poco precoz, pero cuando tocó a su puerta se la abrió de par en par brindándole todo cuanto ella era. De la mano de él descubrió la belleza de un sentimiento que desconocía a esos niveles. La entrega, la ilusión, las risas, los momentos compartidos. Con él conoció el placer, el deseo de querer sentir el calor de otro cuerpo. Dulces sensaciones que le mostraban la cara más tierna y amable del amor. No veía más allá de sus ojos, era incapaz de hacer o decir algo con lo que él no estuviera de acuerdo. Los días en los que brillaba el sol, en los que lucía radiante comenzaron a apagarse. Apenas las nubes dejaban asomar tímidamente algún rayo. Aquella alegría que sentía al verle iba desapareciendo. Ya no le esperaba arreglada. Ya no se peinaba ni se perfumaba para que la encontrara bonita al llegar a casa. Las palabras de amor se habían convertido en insultos y vejaciones. Las caricias ya no existían, ahora sólo había golpes. Golpes que dejaban su cuerpo lleno de marcas. Golpes que no entendía, pero que asumía porque se sentía culpable. Golpes que intentaba justificar ante su familia para que no se preocuparan por ella. Intentaba tapar con maquillaje hematomas que ya estaban en su corazón. Quería ocultar las marcas que mostraban cuanto dolor llevaba no sólo su cuerpo, sino también en su alma. Creía que el maquillaje podría ocultar el dolor que albergaba su corazón, pero lo único que hacían era ocultar a la vista de los demás la crueldad de un amor maldito. Era conocedora de la sentencia que pesaba sobre ella, pues sabía que cualquier día le podría arrebatar la vida de un golpe, pero era algo que no le preocupaba, pues sentía que quizás esa sería la única forma de escapar de aquel horror en el que se había convertido su vida. Si se arreglaba la golpeaba, si no lo hacía también, siempre encontraba algún pretexto para castigarla, para darle su merecido por no ser una mujer obediente como lo eran todas en su familia. Aquella noche quiso complacerlo, la casa estaba limpia y en perfecto orden como a él le gustaba que estuviera. La cena estaba preparada y la mantenía en el horno a baja temperatura para que no se enfriara demasiado. Subió al piso de arriba, se dio una ducha y estaba dispuesta a acicalarse como lo hacía de recién casados. Delante del espejo y con sumo cuidado tapó cada uno de los hematomas que habían dejado sus manos en su cara. Se maquilló con cuidado de no pasarse para que él no se molestara y se puso el vestido rojo y las zapatillas negras que a él tanto le gustaban. Con el pelo suelto recogido a un lado y los labios color de rosa bajó a recibirlo. Preparó la mesa, siempre pensando en lo que a él le gustaba para no incomodarlo, pues pretendía que aquella velada fuese inolvidable y única para ambos. Cuando el entró por la puerta, acudió presurosa a retirarle la chaqueta y coger su maletín. Le sirvió una copa mientras le sonreía y le dijo que la cena ya estaba lista. El la miró sorprendido.
-Estás muy guapa esta noche
-Me he arreglado para ti
El la miró y dándole una palmadita en el trasero sonrió y tomó un sorbo de la copa de brandy. Se sentaron a la mesa y Anne se dispuso a servir mientras él contemplaba y se regocijaba porque por fin todo estaba de acuerdo a sus gustos. Había cocinado un faisán al horno con patatas y romero, el plato favorito de Alan, y de postre le había preparado un tiramisú, pues sabía que a él lo volvía loco. Después de mucho tiempo estaban disfrutando de una cena tranquila, como aquellas de antaño. Él le contaba su día de trabajo mientras ella lo miraba sin opinar, sólo se dedicaba a escuchar. Recogió la mesa y sirvió el postre, un exquisito y suave tiramisú que Alan adoraba por su cremosidad y ese intenso sabor a café mezclado con licor. Anne lo observaba mientras él tomaba una porción para llevársela a la boca y ella hacía lo mismo. Alan cerró los ojos al sentir la mezcla de sabores y texturas en su boca, mientras ella lo miraba sin parpadear. Una cucharada, otra y otra más, así hasta que terminó de tomarse todo lo que había en la copa. Su respiración comenzó a fallarle, una opresión en el pecho hizo que aflojara el nudo de su corbata y que buscara con desespero su maletín. Intentó levantarse, pero cayó al suelo, su lengua comenzó a inflamarse al tiempo que se retorcía en el suelo. Anne lo observaba desde su silla sin moverse, el extendía la mano en señal de auxilio, pero ella ni se inmutaba. Aquella mano que tantas veces la había golpeado, aquella mano cuyas caricias no habían sido otra cosa que un engaño para atraparla y convertirla en algo parecido a un saco de boxeo, aquella mano que tantas veces la había forzado y vejado temblaba ante ella y poco a poco lucía más baja. Aquella mano dejó de clamar y cayó al suelo mientras Anne la miraba y pensaba “ni una más”
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Begoña Rosa

Begoña Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña Rosa

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