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PERDIDA
Correr, que el aire fresco de la madrugada airee mi cabeza. Despejarse, dejar que los problemas desciendan hacia las piernas quedando atrás con cada zancada. Mientras la ciudad aún duerme, enfundada en mi chándal la recorro. Asfalto, aceras, calles empedradas que dificultan la carrera forman parte de unas zapatillas que, aún a pesar de lucir deterioradas, siguen siendo mis compañeras. Cabizbaja, con la capucha cubriendo la cabeza, corro inmersa en mis pensamientos. Ideas que se agolpan una tras otra, que aparecen como ráfagas de viento. Aislada, sumergida en la espesura de mis problemas, aumento el ritmo. Mi corazón se acelera, la respiración se agita como respuesta al esfuerzo físico. Unos pasos me devuelven a la realidad. Cada vez están más cerca, me giro, no puedo respirar…
Me duele mucho la cabeza, no hay luz. Estoy sumida en una negrura espesa, rancia. Siento la rugosidad de un suelo frío bajo mis pies, no puedo moverme. Grito desesperada, mi voz se resquebraja intentando que alguien me escuche. Silencio, un abismal silencio que lo envuelve todo, inquietante y desesperante quietud que es interrumpida por mi respiración agitada. Se abre una puerta, se oyen pasos. Pisadas que le dan voz a un suelo que se queja con su crujir. Camina lentamente a mi alrededor, hasta que se para y acerca algo a mis labios, insiste para que beba. Sujeta mi mandíbula con fuerza, tira de ella, giro la cabeza con coraje. Aumenta la presión y mi boca se abre. Un líquido frío cae llenándola, aportando frescor a una sequedad que daba pesadez a la lengua. El suelo rechina a mí alrededor, sé que me está observando. Quiero soltarme, necesito hacerlo. Nuevamente se oyen pasos, esta vez se alejan dejando atrás una estela de aire perfumado. El hedor a humedad, esa pestilencia nauseabunda desaparece envuelta en una fresca fragancia a rosas. Ese aroma dispara el funcionamiento de mi cerebro. Una película de recuerdos comienzan a pasar por delante de mis ojos. Es ella, estoy segura, ese olor la delata. Muevo mis manos con rapidez, las fricciono, las restriego una contra la otra, tengo que soltarme. La fricción hace que mi piel se rasgue y siento como se rompe dejando a tras parte de ella en una cuerda que no cede ante mi desesperación. No sé cuánto tiempo llevo aquí, unas horas, un día…. Mis entrañas rugen, reclaman alimento que las acalle, que sosiegue su ansia. Mis piernas están entumecidas, mi cuerpo apoyado en una silla que se queja cuando intento moverme, está totalmente dolorido. Intento levantarme, doy golpes contra el suelo, pero ella aún a pesar de su vejez, no cede a mi intento de romperla. Mis músculos se agarrotan, se rinden a una postura incómoda y se duermen. Otra vez ese olor, ese aroma que me sumerge nuevamente en los recuerdos. Es Susan, estoy segura, tiene que ser ella. Pero ¿por qué me tiene aquí maniatada y amordazada? ¿Qué le he hecho? No puedo gritar, lo único que alcanzo a hacer es gimotear como una niña pequeña. Me observa, lo sé, sólo hay silencio pero sé que está ahí. Con paso firme y decidido se acerca y me quita la cinta de la boca de un tirón. La brusquedad de la maniobra me provoca dolor, pero al mismo tiempo siento alivio.
-¿Quién eres? ¿Por qué me has traído aquí? ¿Qué quieres de mí?
La única respuesta es el tacto de una mano recorriendo mi rostro. Intento girarme pero me sujeta con otra mientras recorre mis labios indicándome que me calle. Siento como se resquebraja la sudadera mientras tira de ella. Quiero gritar, necesito que alguien me oiga y me saque de aquí, pero la punta fría y afilada de una navaja, me recuerda mientras se pasea por mi pecho, que no debo hacerlo, que lo mejor es que continúe en silencio. La hoja afilada se pasea por mi cara y baja lentamente hasta mi cuello donde se detiene. Siento dolor al mismo tiempo que la tibieza de la sangre caer. Permanezco inmóvil, pero su cercanía hace que pierda el control sobre mi cuerpo que tiembla sin remedio. Siento su aliento seguido de la humedad de sus labios sorbiendo la sangre que cae.
-¿Qué haces? Te dije que no la tocaras, esta no es para ti. Recuerda que tenemos que mantenerla con vida.

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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