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Pesa el dolor, el cansancio…Pesan las ganas, la falta de fuerzas, pesan. Hoy es uno de esos días en los que sus alas no responden. Sus intentos por batirlas para que se muevan son en vano, hoy no. Se sienta al pie de ese árbol fuerte y vigoroso al que tantas veces ha acudido a descansar y observa a su alrededor. Mientras ella se ha detenido a contemplar, el mundo sigue girando. Algunos rayos de sol consiguen colarse entre las ramas y llegan hasta una mariquita que afanada bate sus alas para comenzar el vuelo antes de que, una familia de hormigas, que sale por primera vez con sus pequeños para inspeccionar la zona, llegue hasta ella. En una de las ramas de su amigo, un camaleón presume luciendo su gama de colores frente a un saltamontes que detiene su marcha entre rama y rama, asombrado al comprobar la facilidad con la que es capaz de ocultarse y pasar desapercibido. Las gotas de rocío visten a las rosas, vistiéndolas de diamantes que brillan mientras ellas se desperezan ante el nuevo día. Pequeñas gotas que acarician los pétalos mientras caen lentamente al vacío. Una leve sonrisa asoma a su rostro mientras ve cómo un escarabajo pelotero sube una y otra vez en una esfera de estiércol que para él es un auténtico tesoro, en su empeño de llevarla hasta su escondite. Examina detenidamente todo cuanto acontece a su alrededor, mientras reposa junto a su amigo. De repente levanta la mirada y le ve ahí, firme. Siente como sus ramas crujen ante una brisa cada vez más intensa que comienza a sacudirlo con fuerza. Pero el sigue ahí, aunque el viento lo azote, aunque la lluvia lo golpee, aún a pesar de que los rayos hayan mutilado alguna de sus partes, sigue ahí. Ella le abraza y siente su fuerza, mientras él le susurra al oído que no tema. Que aunque a veces las penas pesen, que aunque hoy no tenga ganas de volar, no pasa nada. Una pequeña perla de cristal asoma a sus ojos cuando su amigo le dice que no siempre hay que volar, que a veces es bueno caminar, con paso lento y pausado porque el paisaje desde abajo se ve diferente, se aprecian detalles que desde lo alto pasan desapercibidos. Respira profundo, y, mientras cierra los ojos siente que el peso de sus alas no es otra cosa que la necesidad de parar, su cuerpo le está pidiendo que se detenga. En un lenguaje sutil le está diciendo que volar es maravilloso pero que hay otro camino del que se ha olvidado, que también es necesario que transite.
Aquella pequeña, levantó la mirada, y abrazada a su amigo giró la cabeza para observar sus alas, unas alas cuyo peso le habían mostrado una realidad que desconocía, pero que estaba ahí, esperándola.

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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