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EL ÚLTIMO VERANO

Era verano, Marta, María, Rosa y Alicia se volvían a ver como cada año. La pandilla volvía a reunirse en el pueblo, como lo llevaba haciendo cada verano desde que iban a parvulario. Jóvenes estudiantes preuniversitarias que eran más que amigas, entre ellas había una relación casi de hermanas. Marta, era la más pequeña del cuarteto, pero muy espabilada para su edad. Eran las fiestas patronales, y como cada año, harían una verbena en la plaza, habría parque de atracciones y la feria. Adentrarse en la casa del terror, el tiro al plato, el tío vivo….disfrutaban de cada atracción como cuando eran niñas. Tras un buen rato de un lado para otro, decidieron irse a la verbena. Esa noche había un grupo nuevo, formado por una panda de amigos del pueblo vecino y sentían mucha curiosidad por oírles.
La plaza estaba llena de gente, cosa que sólo sucedía en la época estival puesto que era cuando el pueblo estaba lleno de veraneantes foráneos y propios de allí que buscaban alejarse del ruido de la ciudad por unos meses.
Bailaban y reían sin parar mientras daban vueltas al ritmo de la música con la orquesta en la que tocaba el tío y el padre de María. Luego hubo un descanso que aprovecharon para tomarse un refresco y ralentizar el ritmo de sus corazones que entre tanto ajetreo estaban alborotados. Comenzaron a sonar los acordes del grupo nuevo. “Los Pistones”, así se hacían llamar aquel cuarteto de jóvenes con largas melenas y ataviados de ropa de piel negra. Ellas se acercaron, al verles en acción, se las ingeniaron para colocarse a pie de escenario. Alicia quedó prendada de aquél joven de pelo oscuro y dentadura perfecta, que sonreía de forma pícara mientras le guiñaba un ojo. Cuando terminó la actuación, ellas se acercaron con la intención de presentarse y conocerles un poco mejor. Carlos era el vocalista, Marcos el percusionista, Antonio el bajo y Andrés el saxo, un cuarteto variopinto pero que sonaba muy bien y que habían encandilado a la pandilla. Sobre todo Carlos, del que Alicia había quedado prendada hasta el punto que casi se desmaya cuando la besó en la mejilla cuando se presentaron.
Pasaron la noche juntos, entre risas y bromas. Incluso se atrevieron a probar un vino que Alicia sacó a hurtadillas de la bodega de su padre, pero que al intentar abrir partieron el corcho y cayó la mitad dentro de la botella. Después de aquella noche, comenzaron a quedar cada día todos juntos para verse. Ir a la playa, pasear en la playa por la noche, ir a al cine al aire libre que montaban en la plaza del pueblo…, se habían vuelto inseparables.
Alicia cada día estaba más enamorada de Carlos. No sabía cómo decírselo, y pedía consejo a sus amigas. Ellas la animaban a que se lanzase, pero no se atrevía, sentía pánico con el sólo hecho de pensar que podría rechazarla. Para ella, él se había convertido en su príncipe azul, ese del cual su madre le hablaba cuando le contaba los cuentos para dormirse. Una tarde que habían quedado junto al río, Alicia se decidió a declararse. Cuando llegó encontró a Carlos y a Marta jugando y riéndose a carcajadas mientras se lanzaban cubos de agua.
Alicia no pronunció palabra alguna, mientras los miraba y el resquemor y la duda la asediaban continuamente. Cuando llegó a casa se metió en su habitación con la única pretensión de ahogar aquel sentimiento en alcohol.
Alicia se cerró y cada vez hablaba menos o buscaba alguna excusa para no quedar con sus amigas.
Una tarde invitó a Marta a merendar, con la idea de aclarar las cosas y hablar con ella de Carlos.
Marta llegó a su casa y Alicia tomó una cesta de picnic y salió
-Pero ¿no íbamos a merendar en tu casa?
-No, hace un tiempo estupendo y me apetece más ir a la orilla del río, ¿no te molesta verdad?
-Claro que no
Alicia lo dispuso todo y ambas se sentaron. Comenzaron la charla, y llegó el tema del chico en discordia. Alicia le dijo a Marta que él tenía sida, así que era mejor que si sentía algo por él que lo fuera olvidando. Marta insistía en que no, en que ella por Carlos sólo sentía amistad y nada más. No le gustaba le parecía un niñato, un guaperas.
No la creía, no podía hacerlo. Estaba tan convencida de lo contrario que, aunque parecía inocente, algo le decía una y otra vez que la estaba engañando.
En un momento de ofuscación, Alicia la obliga a levantarse y sin mediar palabra la arrastra por un tortuoso e intrincado sendero.
. ¿Que haces?, ¡suéltame!, estás loca joder
-Cállate y camina.
Llegaron a un lugar donde había una cabaña. Era la cabaña del botafumeiro, esa de la que tanto habían oído hablar y que nunca habían visto.
-Por favor suéltame, te estoy diciendo la verdad

Sin apenas mediar palabra, la amordazó y la ató a una silla. Cogió un cuchillo y comenzó a hacerle arañazos en la cara. Marta horrorizada, chillaba con desespero, aunque sabía que no le serviría de nada.
Los arañazos dejaban ver ese color rojo intenso de la sangre de Marta, que en un instante despertaron unas ansias profundas de más. Ya no eran por la cara, aquel cuchillo se convirtió en un pincel monocromático. Los cortes eran cada vez más profundos y más intensos
La desesperación de una alimentaba las ganas de torturar de la otra. Se ensañó con su cuerpo, destrozó su cara y sus manos. Clavaba una y otra vez el cuchillo en sus piernas, brazos, rostro…. Aquella habitación destartalada y sucia se había convertido en una gran obra maestra de la tortura. El cuerpo ya sin vida de Marta yacía en la silla mientras Alicia al verla ahí destrozada y sin aliento sentía una paz infinita.
Tras unos minutos de un extraño placer oculto para ella hasta ese momento, tomó conciencia de lo que había hecho. Sin signo alguno de arrepentimiento, inmediatamente se deshizo de sus ropas y prendió fuego a la cabaña con la que había sido su compañera inseparable dentro. Se las ingenió para hacer parecer que aquello había sido un accidente y que no había podido ayudar a Marta a salir de allí.
Photo by Antonio Tajuelo

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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