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-¿Ustedes ven normal y lógico que tenga que escribir acerca de un amanecer diferente y original?
Pues yo sí, es uno de tantos de los ejercicios que me recomienda mi profesor de escritura, anda que en ocasiones tiene cada ocurrencia que no sabes por dónde cogerla. Un amanecer original, vaya tema para redactar un relato. Original es cada día por eso de que es totalmente diferente al anterior y único puesto que, todo lo que vives y sientes ya no lo volverás a experimentar. Aunque pensándolo bien, ya sé a qué se refiere, quiere que salgamos de la rutina, de eso que hacemos cada día como autómatas y que algunos escritores relatan tan bien que te hacen vivir la situación. O sea que no me valdrá eso de que el sol va dando vida a una ciudad dormida en la penumbra y que suena el despertador y todo eso. Tampoco lo de describir las tonalidades que van desde la oscuridad hasta que el cielo se viste de azul, lógicamente está muy visto. Pues vaya faena, tendré que poner el disco duro a trabajar, la hora que es y yo dándole trabajo, un día de estos se va a poner en huelga y luego a ver a quien le reclamo. Venga que me pongo con la tarea, que esto de divagar es un ejercicio que he descubierto que se me da fenomenal.
El tintineo de las tazas en la cocina hace que me despierte, debe de ser uno de los chicos que se ha levantado con sed. Hago un intento por abrir los ojos, pero están tan cerrados que se niegan desobedeciendo sin importarles lo más mínimo. Aprovechando su falta de disciplina me quedo de remolona un rato más en la cama, al abrigo de unas sábanas que se niegan a dejar que mi cuerpo se separe de ellas. Unas voces susurrantes me abstraen nuevamente del estado somnoliento en el que estoy. Con mucho trabajo, consigo abrir unos ojos que ante la claridad se cierran con premura. Me pesan los pies, el cuerpo se mueve por inercia mientras arrastro la pesadumbre por el pasillo. Hay mucha claridad así que deben de ser las nueve, otro día que llegaré tarde al trabajo. Tengo que ducharme, hoy no me dará tiempo a tomar el desayuno. Mi desgana me acompaña hasta la ducha, esto de ducharse por las mañanas debería de estar prohibido los días en los que la temperatura no llega a los cero grados. Abro la llave esperando que el agua tibia caiga por mi espalda y con una caricia sutil, vaya despertando mi cuerpo del letargo en el que se encuentra.
-¡Joder! ¡Esto sí que es un amanecer diferente!
En lugar de agua tibia lo que cae en mi espalda es agua a la temperatura que se encuentran en el polo norte. El agua está tan helada que mi cuerpo se queda petrificado y mis músculos no responden. Tiemblo tanto que mis dientes parecen unas castañuelas acompañándome mientras, desesperada, salgo de la ducha e intento meterme en el albornoz, con la única intención de entrar en calor. Con un poco de aire caliente del secador consigo despertar a mis neuronas que han quedado entumecidas. Suena el teléfono, una vez, otra vez y otra más, nadie acude a cogerlo y salgo del baño descalza. Ante su incesante timbreo apresuro el paso por el pasillo sin darme cuenta de que no llevo las zapatillas puestas y zas, resbalo y caigo justo delante de la mesilla donde se encuentra el teléfono.
-¿Diga?
Se oye una voz a lo lejos, que no alcanzo a definir lo que intenta decirme
-¿Quién llama? ¡No estoy para bromas!
Yo desparramada en el suelo medio desnuda con el auricular en la oreja intentando averiguar quién me llama y mi hijo pequeño mirándome con un ataque de risa
-¿Se puede saber qué es lo que te hace tanta gracia?
No paraba de reír, pero al reparar en lo que mis ojos le decían sin pronunciar palabra, hizo un esfuerzo para poder hablar.
-Mami es que pareces una loca con esas pintas y hablando con el teléfono al revés. Estás contestando por el auricular.
-Si es que ya decía yo que oía una voz muy lejana
Las carcajadas le acompañaban mientras se alejaba por el pasillo. Si es que este hijo mío es muy gracioso, ve a su madre desparramada y en lugar de ayudarla lo único que se le ocurre es reírse.
Me levanté como pude y me fui a por un café, realmente necesitaba una dosis doble de cafeína que me despertara de aquella pesadilla. El peque apareció en la cocina y se ofreció a preparármelo en lo que yo terminaba de arreglarme. Después de todo tiene su corazoncito, aunque a veces parezca que no. Acepté de buena gana, pues entre una cosa y otra me estaba retrasando más de lo debido. Cuando estaba dándome los últimos retoque apareció con una bandeja en la que había una taza de café, unas galletas y una rosa. Me senté junto a la mesita que estaba junto a la ventana, y me dispuse a disfrutar de mi café mientras observaba como la ciudad se ponía en movimiento. Tomo el primer sorbo de café. Mis ojos parecían como los de un besugo, no por lo redondos sino porque casi se me salen de las órbitas. Una llamarada abrasadora se adueñó de toda mi boca dejando mi lengua medio muerta, y mi cara reflejaba de todo menos el placer de sentir el sabor de un café expreso recién hecho. Desesperada me fui al baño en busca de agua que calmara la incandescencia que recorría mi esófago.
-¿No te ha gustado mami?
No sabía que contestarle, tenía la certeza de que lo había preparado con todo su cariño, pero es que estaba realmente asqueroso. Lo miré y lo único que pude hacer fue asentir con la cabeza mientras intentaba tragar un sorbo de agua.
-¿Qué le has puesto?
-¿Querías sacarina? Vaya, pues yo lo he endulzado con el azúcar que estaba en el bote de cristal, el que tiene la tapa roja, que estaba en la despensa. ¿Le puse mucho azúcar?
Que si le puso mucho azúcar dice, hay señor. No lo ha endulzado, lo que le ha puesto es sal para salar una hoya como las que se usan para dar de comer a un ejército entero. Pero cómo le voy a decir a mi niño que su café, ese que me ha preparado con tanto esmero, es la cosa más ruin que he probado en mi vida.
-No cariño
Un amanecer diferente me decía, pues si esto no es diferente que venga Dios y lo vea, como decía mi madre.

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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