Entonces queda el vacío, ese que grita en silencio que ya no estás, ese que me recuerda que te has ido. Ahí están las ausencias, esas oquedades en las que faltas tú. Y duele, el dolor es tan hondo y tan profundo que sientes como si se desgarrara el alma, como si alguien te hubiese arrancado un trozo de corazón. El dolor te ahoga, te impide respirar y quieres gritar, que todos se enteren que te mueres por dentro, que como si de una copa lanzada contra el suelo se tratase, así estás tú, rota. Lloras, lágrimas amargas, lágrimas a borbotones que brotan sin cesar, lágrimas que deseas que disuelvan esa pena, que se la lleven, que caigan como lo hacen ellas rostro abajo, se precipiten contra el suelo y se rompan. Quieres que ese dolor desaparezca, necesitas arrancarlo de tu pecho, porque quema, porque no lo soportas, porque te atormenta. Sólo ves vacío, vacío de sus manos, de su mirada, de su risa, vacío de su pelo, de su olor, vacío…Sabes que no está y que no lo va a estar nunca más, sabes que se ha ido y crees que con su partida se lo ha llevado todo, porque sólo eres capaz de escuchar el lenguaje del dolor, el lenguaje del rencor y de la rabia por su partida. Un lenguaje que sólo te habla de desesperanza, de tristeza y de ausencias. Un lenguaje desolador, que arrasa con toda la luz que había, para pintar el paisaje de grises y tonalidades oscuras.
Pasa el tiempo, lento, agonizante, pero pasa. Poco a poco el dolor se mitiga y con él sus susurros, sus lamentos, y la ausencia comienza a llenarse. Se llena de miradas cómplices, de sonrisas, de caricias, de abrazos, de palabras de consuelo. Ahora es el lenguaje del amor el que comienzas a oír, el que te susurra al oído que la ausencia es sólo física. Es entonces cuando descubres que lo único que ha ocurrido es que te has ido sí, pero no definitivamente, porque lo único que has hecho es irte a vivir a otro lugar. A un lugar del que nunca te irás, y del que nadie podrá sacarte. Ahora ocupas un lugar especial en mi corazón, ahora sé que sólo me basta con cerrar los ojos, para volver a estar contigo, para que volvamos a sonreír juntos, para que me vuelvas a guiñar un ojo, para sentir tu cariño.
Photo by Ana_Cotta

Guardar

Guardar

Begoña Rosa

Begoña Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña Rosa

Últimos post porBegoña Rosa (Ver todos)

Deja un comentario