0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Su madre le había prohibido una y mil veces que se alejara de la puerta mientras jugaba. Ella, como toda niña inquieta y curiosa, no podía evitar quedarse absorta mirando a aquellos hombres uniformados que marchaban con paso firme y una sincronización perfecta. A veces los imitaba poniéndose muy seria y apretando los puños contra su cuerpo como si estuviera enfadada. Fingía ir a algún sitio pisando fuerte pero le entraba la risa y volvía corriendo de nuevo hasta la puerta de su casa unos metros más atrás.
Hacía tiempo que no podía ir al parque, ni a la escuela, ni a la tienda de víveres donde el señor Leyson le metía en el bolsillo de su abrigo rojo a escondidas un caramelo de anís, ni a tantos lugares… No le gustaba el anís pero aquellos caramelos tenían el sabor del secreto compartido con el señor Leyson que desafiaba las normas maternas. Eso los hacía especialmente deliciosos.
Echaba de menos estar con otros niños y le daba la sensación de que algo no iba bien porque su amiga Edit se había ido de vacaciones a visitar a sus abuelos y aún no había vuelto. Su madre le había dicho que tardaría mucho en volver y que no sabía si volvería. Tenía que volver, no se había podido despedir de ella y además tenía que enseñarle el nuevo escondite que su padre había fabricado dentro del armario de su habitación. Una puertecita pequeña que daba paso a una habitación contigua y estrecha. Allí había puesto su padre latas de comida, mantas y agua “para jugar al escondite y que no nos encuentren nunca”. Le parecía un juego divertido el de esconderse pero no le hacía gracia que durara mucho porque si Edit volvía no la encontraría. Ni ella ni nadie sabían del escondite secreto. Una vez le preguntó a su madre que quién jugaría a buscarlos cuando se metieran allí y ella se echó a llorar. No lo entendió pero no quiso preguntarle más para no parecer tonta, al fin y al cabo era sólo un juego.
El día que tuvieron que abandonar su casa a toda prisa, no les dio tiempo siquiera a abrir la puerta del armario que quizá hubiera supuesto la salvación. Entraron golpeando muebles y pateando puertas. El estruendo previo a la aparición de su presencia suponía el comienzo del terror. Ella intentó gritar pero su madre la abrazó con fuerza y le dijo “no pasará nada, no pasará nada…”. Los sacaron a empujones de la casa y no pudo siquiera ponerse el abrigo rojo que era su preferido, así que cuando llegó a la calle la bocanada de aire gélido la golpeó en la cara y la hizo apretarse más aún contra su madre. Gritos y más gritos, empujones, prisas, llantos, miedo… Dentro del camión maloliente su padre mantenía los puños apretados como cuando ella jugaba a los soldados que marchaban, pero él no sonreía porque aquello no era un juego. Su madre lloraba sin parar intentando hacerlo en silencio pero sus sollozos contenidos se confundían con el del resto de las personas que estaban allí, algunos niños de edad parecida a la suya y que eran los primeros que veía desde hacía tiempo.
La casa no tardó en ser asaltada apenas media hora después. La necesidad, las privaciones, la pura supervivencia en medio del miedo habían convertido a vecinos, amigos y compañeros de trabajo en saqueadores que no tenían tiempo para lamentarse por el triste destino de la familia que acababa de desaparecer. Con un grito de júbilo la anciana levantó en sus manos el abrigo rojo que encontró en el suelo de la habitación y se lo dio a su nieta diciendo:
– Esta casi nuevo y parece que abriga mucho
– ¿De quién es abuela?- preguntó la niña temiendo la respuesta
– Alguien se lo habrá olvidado al mudarse –respondió la mujer escondiendo la cara porque sabía que la pequeña notaría la mentira reflejada en su rostro.
Salieron apresuradamente para volver a la seguridad de su casa a pesar de lo irónico que era ese pensamiento. No existía ya sitio seguro apenas y las esperanzas los iban abandonando a medida que las redadas vaciaban las casas.
– ¡Abuela, en el bolsillo del abrigo hay un caramelo de anís!, ¡qué suerte!…

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
Mercedes E.M.

Últimos post porMercedes E.M. (Ver todos)

Comments

  1. Este relato me sigue pareciendo lo mejor que te he leído (aquí…). Me parece de una elegancia exquisita cómo cuentas una realidad demoledora a través de la mirada de quien conoce sólo una parte de la historia. La frase final de la niña alegrándose de encontrar esos caramelos te encoge el alma. Por supuesto te he dado mi voto…

     

Deja un comentario