Suena el teléfono pero no lo tiene al alcance de la mano, así que deja que su sonsonete rítmico e irritante se extienda por la habitación hasta que quien llama se harta de esperar y corta la llamada. Piensa que si es algo importante, volverán a llamarlo, y si no lo es ha hecho bien en ahorrarse el contestar. La gente llama para muchas tonterías y cada vez le resulta más difícil aislarse y dedicarse a lo que realmente le interesa. Una mosca recorre el borde de la ventana abierta frente a su mesa. Los ágiles movimientos de sus patas se interrumpen de tramo en tramo y se queda muy quieta para luego continuar la marcha. La sigue con la mirada pensando que aquel molesto insecto toma esa precaución para comprobar si es observado, si algo amenazante se acerca… Deberían otros seres que llenan su ventana hacer lo mismo, pero no, son ingenuos, se sienten ficticiamente seguros y quizá por ello resultan tan interesantes y tentadores.

La última conexión de su preferida se ha producido a las 11:43 pero el mensaje de buenos días de cada día, enviado a las 11:40 no ha sido abierto ni, por lo tanto, leído. Una bocanada de desazón le sube por el esófago con el mismo ardor que la acidez de estómago que lo ataca últimamente. Se la imagina viendo su nombre aparecer por la parte alta del móvil y torciendo la boca con un gesto de desagrado. Ha preferido comunicarse con otros, dedicarles su saludo mañanero, o compartir el chiste de turno con ellos, antes que con él. No lo entiende, él ha cambiado, ya no la saluda a las siete de la mañana, ni a las tres de la madrugada. ¿Por qué esa indiferencia? No le vale la explicación airada de ella un día en que se quejó de que no le hacía caso. “No tengo tiempo para estar todo el día en el ordenador, y tampoco tengo por qué contestar al segundo a todo lo que me mandas”. La respuesta de él fue enviarle una lista de todos los hombres que ella llama “amigos”, a los que les había dejado algún comentario en las redes sociales en la última semana.

A partir de ahí, todo cambió y ella pretendió agrandar la distancia a base de indiferencia, silencio y desplantes. Pensó que era como todas, que un hombre interesado y entregado se convertía automáticamente en alguien poco interesante. Pretendió incluso cerrar del todo su ventana y dejarlo por fuera, estrellándose contra el cristal mientras intentaba formar parte de su vida. Eso también la hacía enormemente seductora, esa ingenuidad suya de confiar en bloqueos, cambios de números de teléfonos y otras absurdas precauciones. Sus movimientos rítmicos, sus tímidos avances durante un par de días colgando alguna canción, algún poema… para luego detenerse un tiempo esperando y observando quién la comentaba. Y él, con su pequeña ventana que abarcaba un mundo lleno de redes invisibles, mirándola transitar por el borde, tan frágil, cada vez más cerca… y la rabia, cada vez más fuerte.

Mercedes E.M.

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Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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