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“Tiene su encanto esto de leer a escondidas”, dijo Rosario mientras me pasaba de contrabando el libro de Emilia Pardo Bazán. “La cuestión palpitante”, se llamaba. Yo no sabía cuál era esa cuestión pero me moría de ganas de averiguarlo. En cuanto a lo que significaba “palpitante”, lo había descubierto hacía poco porque se lo había preguntado a don Anselmo, el médico del pueblo. Me explicó que era lo que hacía el corazón cuando latía pero intuí enseguida que tenía que significar otra cosa porque Emilia, la escritora, no iba a dedicar un libro entero a hablar de los latidos del corazón. Me hubiera dado igual de lo que tratara el libro que mi amiga me había conseguido. Para mí era toda una revelación por el simple hecho de que estuviera escrito por una mujer. Yo había tenía que abandonar el colegio sin más, porque trabajar para mi padre, y más tarde en casa para mi futuro marido, era todo el plan de vida que tenía por delante.

No me parecía que tuviera encanto hacer a escondidas algo que a mis hermanos varones les estaba permitido de manera natural. Más bien me hacía sentir que cometía un delito. Había aprendido a leer en secreto, cuando cogí prestada una cartilla para  niños pequeños que dejó olvidada Perico, el hijo del dueño de la lavandería donde trabajaba diez horas cada día. Mi madre me había pillado en el establo, tumbada en la paja, deletreando despacio y siguiendo con el dedo dibujos y letras. Quise esconderme al saberme descubierta, pero ella, con la ternura que guardaba para mí, me sonrío cómplice y dijo: “que no la vean tu padre o tus hermanos”.

Nacer mujer en mi familia, era una condena y una lucha desde el mismo momento en que venías al mundo. En mis hermanos sólo ordenaba mi padre, pero mi día a día, mi vida y mi destino lo dirigían los cuatro varones de la casa. A mi madre la respetaban sin más, pero también carecía de voz ni voto para nada. Soñaba despierta cómo sería estar en la piel de mis hermanos, no tener horarios, poder estar en cualquier sitio y hacer cualquier cosa que me apeteciera. Después pensaba que ellos no se merecían la libertad que tenían, porque eran poco menos que animales que se limitaban a trabajar, visitar tabernas y dejar constancia todo el tiempo de que estaban por encima de mí y de cualquier mujer. Más tarde, cuando fui libre y los años me dieron la lucidez necesaria, me di cuenta de que esa autoafirmación constante era su manera de defenderse de su propia insignificancia. No sabía yo entonces que para ellos, mi inteligencia y mis ganas de aprender, eran su mayor amenaza. Me ayudaron con su brutalidad, sin darse cuenta, a reafirmarme en mi necesidad de volar. Nunca pensaron que cada humillación física o verbal, lejos de infundirme miedo, era el aire para mis alas y mi alma.

Dos días después de cumplir mis diecisiete años, mi hermano mayor irrumpió en casa dando una patada en la puerta y despotricando sobre la desvergüenza de algunas mujeres que andaban por la calle a esas horas. “Como nos descuidemos, dentro de nada las tendremos sentadas en la barra del bar pidiendo unos chatos de vino”. Aún sabiendo la consecuencia de lo que iba a decir no pude evitar pronunciar en voz alta algo que desató su ira. “Eso sería imposible, tú te los bebes todos”. Juro que cuando su mano se agitó en el aire, justo antes de estallar el bofetón en mi cara, oí el aire silbando. Me sujeté la cara con las manos y caí de rodillas, mientras mi madre en pie agachó la cabeza ante la furia alcohólica de su hijo mayor y la indiferencia de mi padre que siguió atizando las brasas del fuego como si nada.

Colocó en un hatillo un trozo de queso, una hogaza de pan, dos libros, unos pañuelos recuperados de unas sábanas viejas y todo el dinero que había sido capaz de sisarle a mi padre desde el día de mi nacimiento. Los regalos de mi madre al amanecer fueron mi billete hacia la libertad. Me abrazó y en ese momento, ella también recuperó su alma y fue libre.

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Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
Mercedes E.M.

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Comments

    1. Muchas gracias compañero. Es un placer escribir siempre, pero con lectores como tú, mucho más. Ahora que he “resucitado”, solo puedo seguir el camino de las historias que me inspiran las pelis. Besos.