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El ruido de los zapatos va asociado a la presencia. No es por la simpleza esa de que los tacones levantan nalgas y estilizan piernas. Estoy segura de que en Sofía tiene que ver con su intención no explícita de que cada miembro, en cada rincón de la oficina, sepa que ha llegado. De hecho, sus zapatos planos también hacen ruido. A veces admiro ese poderío, y la observo mientras derrocha sonrisas y frases ingeniosas de buena mañana a diestro y siniestro. Todos  detienen lo que hacen en cada momento para seguirla con la mirada hacia la fotocopiadora, el fax, la máquina del café… porque claro, ella no adopta jamás la postura corriente de espera del resto, de las que estamos pero en realidad no somos. Se cruza de brazos, ladea ligeramente la cadera hacia la izquierda y hace sonar el tic tac de espera de un reloj con el tacón de su zapato derecho. Ese sonido rítmico se me mete en la sien y me impide continuar la facturación hasta que ella decide volver a su puesto. Ella lo decide, haga lo que haga, tarda lo que considera, y aún estando ya sentada, el ruidito me acompaña un rato más.

Mi consumo de aspirinas se ha disparado desde que Sofía ha sido trasladada a mi departamento. Lleva sólo tres semanas y no hemos cruzado palabra aún, pero su perfume dulzón es tan denso que permanece allí por donde ella pasa. A veces mira a través de mí, me tiene enfrente pero no me ve porque la dirección en la que se encuentra mi mesa es la trayectoria del punto ciego de sus abstracciones. Es muy importante que yo no exista para ella, de hecho, es totalmente necesario no ser ni una posibilidad ni una amenaza.

Los hombres que me rodean están hoy especialmente inquietos. Sus corbatas perfectamente anudadas, las chaquetas colgando del respaldo de las sillas para evitar cualquier arruga, folios apilados, material organizado sobre la mesa, pero… algo falta. Hacia media mañana es evidente que el silencio los ahoga como una opresión en la glotis. Los signos de interrogación de sus ojos pasean por el ambiente de un puesto al otro y soy yo la única que corto la secuencia manteniendo mi mirada y mi sonrisa clavadas en la pantalla de mi ordenador.  Acaba la jornada y es el tercer día que Don Luis sale de su despacho para preguntar si alguien sabe el motivo de la ausencia de Sofía. Su desasosiego me resulta divertido. Mis pasos acolchados no alteran en absoluto la zozobra general mientras se dirigen a la salida. Abro la puerta y aspiro profundamente ese perfume dulce, embriagador y denso que emana de las alcantarillas últimamente.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
Mercedes E.M.

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