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La distribución del género en el escaparate era, como siempre, perfecta. ¿Como siempre o como casi siempre? A la derecha, los maniquís sin cabeza de una mujer y una niña vestidas de gala. En el suelo, a sus pies, zapatos de tacón a juego con el vestido turquesa de una y francesitas blancas con idénticos lacitos del vestido de la otra. Un caminito de flores secas se extendía hacia el otro lado hasta llegar al ángulo que Amalia llamaba “la zona de respiro del escaparate”. Visualmente buscaba centrar la atención de quien se parara delante en los vestidos y por eso, el lado izquierdo aparecía siempre vacío o simplemente adornado con algún elemento natural. Sin embargo, en esta ocasión, en la esquina de respiro había un martillo.

¿Un martillo? ¡Menudo despiste!, pensó la primera mujer que detuvo su camino porque sus ojos fueron directos al elemento discordante. Entró decidida sin detenerse en ninguna percha.

– Perdone, hay en el escaparate…

– Un vestido ideal ¿verdad? Tiene usted buen ojo. Me parece que su talla debe ser… una cuarenta. ¿Me equivoco?

– No, no, verá… No he entrado por el vestido.

– Pues debería probárselo porque los zapatos son preciosos pero están forrados con la misma tela del vestido, y ese turquesa es difícilmente combinable con otro color, quizás con negro, que va con todo, pero…

– ¡Por favor, déjeme acabar la frase!

Amalia paró en seco porque el frenazo de su interlocutora le hizo darse cuenta de que la técnica de la venta agresiva por aturdimiento, no siempre funcionaba. A estas alturas, la buena samaritana empezaba a notar los efectos de un tímido dolor de cabeza y de un evidente arrepentimiento por haber entrado a advertirle a aquella cotorra de la herramienta olvidada.

– Es por el martillo, quien haya montado el escaparate se lo ha dejado olvidado en la esquina, y choca a la vista…

No recordaba haber utilizado un martillo. En sus artísticas composiciones de escaparatista aficionada, nunca había que clavar nada. Colocaba el género, salía a la calle, miraba ladeando la cabeza, volvía a entrar y recolocaba. Sin más. Le dio las gracias educadamente a la señora aunque por dentro no pudiera evitar maldecirla por hacerle perder el tiempo y marcharse sin comprar algo. Realmente importaban poco las ventas, la tienda era una distracción de su apasionante vida como esposa de un banquero, que no bancario, como se empeñaba él en aclarar cada vez que alguien le preguntaba por su trabajo. Si sentía alguna satisfacción cuando un comprador salía de la tienda con una bolsa era exclusivamente por justificar la sensación de tiempo perdido.

Efectivamente, allí estaba, un martillo mediano y pesado, con el mango rojo. Se quedó mirándolo intentando descubrir en un fogonazo de lucidez las dos incógnitas obvias. Si ella no lo había colocado, ¿cómo había llegado allí? y, la más importante, si no era suyo, ¿de quién era? Las obras de remodelación de la tienda habían acabado hacía tres semanas. Era imposible que hubiera pasado desapercibido un objeto así cuando el escaparate había sido cambiado tres veces desde entonces. Llamó por teléfono a su hermano que había estado allí para visitarla la tarde anterior y tuvo que aguantarse su cachondeo respecto a si tenía una aventura con un fornido carpintero del que nadie sabía nada. No llevaba escrito en los genes el sano ejercicio de pasar página cuando algo se le atravesaba, así que llegó a la conclusión de que el martillo probablemente era de algún cliente que aprovechando la vuelta a casa del trabajo había entrado a la tienda para preguntar por alguna prenda. A pesar de que nada tenía que ver el elemento intruso con la estética que lo rodeaba, decidió dejarlo en su sitio con la esperanza de que su dueño lo echara de menos y lo viera por casualidad al pasar.

Un par de meses después, nada había cambiado. Había renunciado a que apareciera alguien reclamándolo pero fue incapaz de quitarlo de la vista. Se había acostumbrado a verlo allí, con su A grabada en el extremo del

mango. Alguien desconocido tenía la misma manía que ella en la única época de su vida en que fue realmente feliz. El ceño fruncido de su madre no ensombreció ni por un momento el entusiasmo cuando su padre le regaló aquella caja de herramientas que hubiera hecho las delicias de cualquiera de sus amigos. ¡Vaya regalo para una adolescente! Pero Amalia no la escuchaba, entretenida en marcar con su nombre aquel regalo fantástico que dejaba constancia de una complicidad con su padre que iba más allá de todo convencionalismo.

“He dejado las llaves de la tienda y del coche en la mesita de la entrada. No me llevo nada que no trajera conmigo cuando te conocí, cuando era yo.”

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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