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Las nubes se adueñan de todo, se pasean por un cielo de un azul intenso que pronto se viste de gris. Un velo oscuro que da paso a los rayos que preceden a una tormenta que hace acto de presencia de forma repentina. Los habitantes de la pradera corren presurosos a refugiarse, los más rápidos en sus madrigueras, otros debajo de las ramas del viejo roble.
Comienza a llover con fuerza, el estruendo de los truenos hace que parezca que el cielo se va a caer a pedazos sobre la pradera de un momento a otro. Desde el sofá, al calor de la chimenea, el agua golpea los cristales de la ventana. Toqueteo incesante, cada vez más pausado, tranquilo, que no tarda en servirme de nana ante la que caigo en un leve sopor.
Cuando abro los ojos, asoma por el horizonte vestido con sus mejores galas el astro rey, quien con su osadía, lo viste todo de colores. Hasta mi nariz se acerca una pequeña mariposa. Mueve sus alas en un aleteo de júbilo, se va y vuelve un par de veces hasta que me levanto y decido seguirla. Mientras voy tras ella observo cómo las flores muestran sus mejores galas y bailan al son de la brisa fresca que les va marcando el compás. Rojos intensos, amarillos, naranjas y verdes conforman una preciosa alfombra que cubre hasta donde mi vista no alcanza. El azul de un cielo en el que apenas hay alguna nube es surcado por bandadas de pájaros que se acercan hasta el lago. Aguas cristalinas que los esperan para darles cobijo convirtiéndose en su hogar. Es una explosión de vida, de color y alegría la que se despliega ante mí. Un pequeño ratón sale de su madriguera y va hasta una pequeña colina, desde donde observa curioso cómo un pequeño colibrí va de flor en flor, recolectando su néctar. Está tan ensimismado, que no se da cuenta que hay una serpiente al acecho, relamiéndose ante tan jugoso desayuno. Sigilosa se acerca y abriendo sus fauces lo engulle de un solo ataque.
Frente a mis ojos tengo la vida en estado puro. De pronto tras las tinieblas y los temores que encierra la oscuridad, se hace la luz. Una luz llena de vida y de color, de expresión de la vida en toda su plenitud. Encontramos felicidad cuando disfrutamos del aroma de una flor, o de su hermoso color acariciado dulcemente por unas gotas de rocío. De repente nos invade la melancolía porque sabemos que ese esplendor que luce no durará mucho tiempo. Nos olvidamos de esa dicha que nos había proporcionado para dejarnos arrastrar por ese sentimiento que poco a poco nos invade. Este sentimiento es similar a cuando nos enamoramos, en ese momento en el que creemos estar ante la persona que sentimos que es el ser más maravilloso de este mundo, ese que nos completa, que nos aporta todo aquello que siempre hemos anhelado. Nos invade una felicidad que nos hace sentir tan pletóricos que sentimos que no nos cabe la alegría en el pecho. Todo a nuestro alrededor se torna hermoso, lo vemos con ojos nuevos, con ojos llenos de curiosidad, de belleza, de amor. Así hasta que un día, sucede algo que hace que nos decepcionemos, que despertemos del hechizo. En ese instante sentimos como si nos quitásemos un velo de los ojos, un velo que nos tenía ciegos y que nos impedía ver más allá del ser que habíamos creado en nuestra imaginación. Nos invade la tristeza y la melancolía, nos sentimos tontos y absurdos por haber querido a quien no se lo merecía y dejamos de creer en el amor. La pesadumbre nos acompaña hasta que nuevamente volvemos a encontrar el amor. Un amor que nos devuelve las ganas de vivir y de volver a creer en él. Entonces todo vuelve a ser hermoso, nuevamente aparece la explosión de colores, el aroma de las flores invadiendo el prado. La brisa meciendo las hojas en las que se columpian unas mariquillas que se dejan caer en la frondosidad de la hierba fresca.

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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