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Caminaba tranquilamente por el parque, disfrutaba de los primeros rayos de sol que tímidamente comenzaban a vestir la ciudad de color, a darle matices a las enormes columnas de edificios que se levantaban ante ella. La brisa fresca acariciaba un rostro que se alzaba hacia el sol como lo hacen las flores tras el rocío de la madrugada. Paso lento, tranquilo, sosegado, dejando una huella que pronto desaparecía, pero que marcaba el camino. Había sido una semana intensa, una semana de la que quería haber escapado, que hubiese sido mejor no haberla vivido. Esa mañana su rostro recuperó algo que creía perdido, que se había quedado en el baúl de unos recuerdos olvidados, una sonrisa. La brisa mañanera jugueteaba a peinar unos rizos que se dejaban hacer, mientras sus ojos se llenaban de todo lo que había a su alrededor, de cada detalle, de cada matiz. Llamaba su atención aquellas pequeñas perlas que vestían a las rosas de elegancia, una elegancia que los rayos de sol se encargaban de matizar. La invadía una sensación extraña de paz, una sensación olvidada, que le había sido arrancada de cuajo. Desde el banco del parque observaba todo lo que acontecía. Palomas que acudían a comer cualquier resto de comida que había en el suelo, la gente iba y venía en su peregrinar por la vida, los coches de un lado para otro, el trinar de los pájaros. Por un instante cerró los ojos y se llenó de la mezcla de aromas que la rodeaban, la hierba fresca, las flores que se desperezaban, la tierra húmeda…De pronto la invadió el recuerdo, nuevamente él, tan vivo, tan real, por unos segundos se trasladó a la noche anterior.
Allí estaban ella en el sofá y el a su lado, mirándola, sin apartar la vista de ella, acosándola. Estaba tan cansada, tan harta de su acoso, de su altanería que sentía que ya no podía más, que no tenía fuerzas para seguir. Quería que se marchara, que dejara de atormentarla, que la dejara respirar, cosa a lo que él se negaba, no estaba dispuesto a dejarla así como así. El la necesitaba, precisaba de ella para seguir con vida, para nutrirse…Sentados en el sofá, uno frente al otro, ella con una copa de vino en la mano, el vestido con una sonrisa. A cada sorbo, un suspiro, un grito silencioso de su alma por terminar con aquél suplicio. La botella estaba casi vacía, pero Rebeca quería otra copa, así que se levantó hacia la cocina, cogió la botella y se sentó en el sofá
-Quiero que me dejes
-Sabes que no lo voy a hacer
-¿Por qué? ¿No te das cuenta que ya no tienes cabida aquí?
-Sabes que no puedes vivir sin mí, que me necesitas
-Ya no te necesito
-Si me necesitas, pero te cuesta reconocerlo
-¿Reconocer qué? ¿Qué me atormentas, que no permites que sea feliz, que te has apoderado de mi vida?
-Ahora dices que no me necesitas ¿y todos los momentos que hemos disfrutado juntos?
-Esos momentos eran míos y tú me los has robado haciéndome creer en una falsa felicidad. En algo tan efímero como la niebla, que te envuelve pero que instantes después se disipa.
-Eres una egoísta
-El egoísta eres tú, el que siempre quiere ser el protagonista, el que tiene la última palabra. Cuando miro hacia atrás me doy cuenta que me has arrebatado tantas cosas. Vete, ya no te quiero
-Sabes que no me iré, en el fondo quieres que me quede. Mírame a los ojos y dime que me vaya.
Rebeca se levantó, cogió las tijeras y mirándolo a los ojos le dijo lo que sentía, lo que su alma clamaba por expresar mientras hundía las tijeras. Unas tijeras que de pronto tomaron vida propia y que necesitaban seguir penetrando en él. Entradas y salidas incesantes que llenaban los ojos de Rebeca de un brillo especial. A cada incisión el placer aumentaba, un placer turbador, un placer que nunca antes había conocido, pero que la liberaba. Con la intensidad de los movimientos, con la violencia en cada hendidura, más libertad…
Una niña se acercó persiguiendo una pelota que se le había escapado, ella la tomó entre sus manos y se la entregó. La pequeña le sonrió y ella le devolvió la sonrisa. Volvía a estar viva.

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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