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Es fin de semana, hoy no hay que ir al colegio, que bien. Ir al colegio está bien, aunque hay algunas profes que no me gustan, pero quedarme en casa y jugar con mis hermanos, está mucho mejor. Yo casi siempre estoy con mis dos hermanos mayores, aunque me sacan un par de años, si no me llevan con ellos, les amenazo con chivarme a mamá. Se enfadan, pero al final consigo mi propósito, porque si mamá se entera de que se escapan cuando tienen que estar haciendo la siesta, les caerá una buena. Mamá es muy buena, pero lidiar con siete niños es una tarea que a veces la hace sacar su peor cara. Cuando se enfada, lo mejor es correr, al grito de “´sálvese quien pueda”. Si hay algo de lo que disfrutamos mucho es de jugar entre las huertas al escondite, o meternos en el estanque a bañarnos. Hoy no se puede hacer eso, puesto que está nublado y hace mucho frío, pero en verano nos lo pasamos genial. Mamá se ha ido a comprar y nos ha dejado al cuidado de mi hermana mayor, que vaya carácter que se gasta cuando la dejan al mando. Mis hermanos están haciendo un hoyo en una de las huertas traseras de la casa, dicen que lo usaremos a modo de trinchera, para defendernos de mis primos, cuando jugamos a la guerra. Antes de que comience la batalla, vamos a por nuestras armas, un tirachinas y dátiles que caen de la palmera, que no sirven para comer, pero que con un poco de puntería hacen un buen chichón. Estamos en plena batalla cuando comienza a llover, pero no importa, seguimos jugando, total mamá no está, y mi hermana anda ocupada fregando los platos. Cada vez llueve más fuerte, tanto que la trinchera se convierte en un lodazal. Es muy divertido estar en el barro, se me hunden los pies y me pesa la ropa, pero en ese momento lo único que nos preocupa es no dejarnos vencer y ganar la guerra. Una guerra en la que éramos los claros vencedores sin ninguna baja hasta el momento, peo que desde que comenzó a llover, nos tiene atrapados en la trinchera sin poder salir, cosa que aprovechan para lanzarnos dátiles sin darnos la posibilidad de huir. Hemos perdido, pero no importa, nos hemos reído mucho y estamos hasta el cuello de barro. Intentando que nadie nos vea, nos metemos en el baño con la intención de darnos una ducha, para así, cuando llegue mamá, no sospeche nada y evitar un castigo y que hoy nos deje sin nuestra ración de chocolate con pan de los jueves.
Photo by George Eastman Museum

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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Comments

  1. Me ha gustado Bego. Aprecio mucho el esfuerzo intelectual de meterte en la piel de un niño y sentir cómo se disfrutaba a juegos de niños en los que, quizás (no sé lo “trasto” que fuiste de pequeña), nunca participaste. Y sobre todo aprecio cómo adaptaste tu léxico y la redacción a como lo haría un niño. Muchas gracias.

     

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