SOMBRAS
¿Quién no ha tenido en algún momento de su vida temor a la muerte? ¿Quién no ha sentido la necesidad de hacer desaparecer una realidad que nuestra condición humana nos hace percibir cruel y despiadada? De borrar de su mente esa certeza de que algún día todo termina, de que nada es eterno y de que tenemos fecha de caducidad pese a no ser un producto de fábrica. Si, moriremos algún día, dejaremos de andar por estas tierras. Ya la brisa dejará de mecer nuestro cabello en los días otoñales en los que divertida, juega con las hojas de los árboles. Los rayos de sol dejarán de acariciar nuestra piel en los días de verano, ya no veremos a la luna lucir sus mejores galas en las noches en las que nos ilumina la arena mientras paseamos por la playa. La lluvia en los días invernales golpeará los cristales de las ventanas de una habitación en la que ya no estaremos. No habrá más sonrisas, ni más enfados, tampoco abrazos ni besos, simplemente ya no habrá. Aunque yo me atrevo a decir que no es morir, es dejar de existir, perder la presencia física, esa que nos da apariencia humana, que nos sirve para transitar por este mundo, un mundo en el que hemos decidido venir a experimentar. Porque siempre que nos recuerden, siempre que haya alguien que nos guarde en un rinconcito de su corazón, permaneceremos vivos. Morir es otra cosa, morimos cuando dejamos de sentir, cuando por circunstancias que muchas veces dependen de nosotros mismos nos negamos la posibilidad de ser felices. Morimos cuando no somos capaces de sonreír, cuando nos negamos un beso, un abrazo, una caricia. Morimos cuando nos apartamos de la mano amiga que se nos brinda cuando el camino se hace cuesta arriba. Morimos cuando somos incapaces de percibir la belleza de un amanecer, la caricia de la brisa fresca o la suavidad del mar envolviendo nuestros pies. Vamos perdiendo un poco de nosotros mismos cuando somos incapaces de ver, y si digo bien “ver” más allá de lo que nuestros ojos son capaces de mostrarnos. Poco a poco vamos pereciendo, caemos en una decadencia en espiral que nos conduce a la desesperación de ser muertos vivientes. Cuerpos inanimados que no son más que el resto de un ser que algún día brilló con luz propia. Y llega esa tan temida muerte sin apenas darnos cuenta, esa que se apodera de nosotros, de nuestra esencia, de lo que realmente somos. Con esa muerte en vida, comenzamos a perder el color, a desteñirnos como la ropa después de muchos lavados. Pasamos de lucir colores luminosos y llamativos como cuando estamos estrenando alguna prenda a ser seres decolorados hasta convertirnos en personas en blanco y negro. Hermosas tonalidades que llamaban la atención, que lo llenaban todo de color y alegría se van apagando lentamente, y lo que un día fueron tonalidades luminosas y brillantes portadoras de júbilo, pasan a ser una simple y desconocida sombra.

Photo by Ramón Peco

Begoña Rosa

Begoña Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña Rosa

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