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Siempre envidié a los arqueólogos y paleontólogos porque atravesar el tiempo y volar a través de los siglos para encontrar tesoros que dan luz a nuestros orígenes, se me antoja algo fascinante y enriquecedor. Algo así hago yo, con mis limitadas posibilidades, en mi mundo fantástico de la palabra. Me gusta ser una cazatesoros y cuando viajo revolver y husmear por mercadillos al aire libre, por librerías de anticuarios donde sé que se ocultan esos tesoros que me hacen sentir lo que experimenta un arqueólogo al descubrir las ruinas de una civilización perdida.

En una de esas excursiones en busca de regalos del tiempo, me topé con un montón de “libros viejos” tal como decía el cartel escrito a mano que los señalaba. Me dolió un poquito ese cartel porque el matiz despectivo era evidente, no es lo mismo “viejo” que “antiguo”. Pero claro, poner “libros antiguos” les hubiera dado un aire de solemnidad e importancia que chocaba con la manera en que estaban dispuestos en el suelo sobre una lona. Perdoné íntimamente al vendedor porque al menos era consecuente con lo que aquellos libros le inspiraban a él.

Siempre me han llamado la atención las cosas pequeñas, de cualquier tipo, porque normalmente pasan desapercibidas y esconden riquezas que no se descubren a la primera. No pasó de largo ni de mis manos ni de mis ojos aquel librito mucho más pequeño que el resto con tapas marrones de piel desgastada y con el lomo casi desarmado. Por su portada no se podía adivinar cuál era su contenido porque no tenía ningún tipo de inscripción, ni sello, ni título. Al abrirlo fue como si Alí Babá viera por primera vez la cueva del tesoro de los 40 ladrones. En la contraportada escrito a pluma (de tinta de tintero) apareció el nombre del propietario, la ciudad y la fecha. A la derecha en la primera página: “Tratado de ortología castellana”, Barcelona, 1824.

El tesoro de Noé1

¡Dioss!! un tratado de ortología castellana de principios del s.XIX allí tirado en el suelo, danto tumbos sin ningún cuidado. Es el momento de aclarar que la “Ortología” era la parte de la gramática de esa época que unos cien años más tarde se llamó “Prosodia” y que actualmente se llama “Fonética”. Así que tenía en mis manos un pequeño tratado sobre las letras que componen el alfabeto, su origen y pronunciación.

Hace muchos años que conseguí ese libro que me costó la friolera de cuatro euros, si no recuerdo mal y ha sido uno de los regalos más emocionantes que el azar me ha dado porque las maravillas que esconde se revelaron un poco más tarde, cuando apresuradamente volví a casa y lo abrí para deleitarme con calma. Estaba estructurado en forma pregunta respuesta, supongo que en un intento de hacerlo práctico y entendible. Cuando leí lo que contenían las páginas cuatro y cinco no pude evitar una carcajada mezcla de incredulidad  y de ternura al imaginarme gráficamente a las letras del abecedario de la mano, emparejadas mayúsculas con minúsculas entrando en el arca de Noé. Esta ingenuidad gramatical de los orígenes era absolutamente necesaria porque al fin y al cabo, ¿existiría la claridad del conocimiento si en algún momento no hubiéramos estado sumidos en la oscuridad?

El tesoro de Noé2

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
Mercedes E.M.

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