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Dicen que en la variedad está el gusto y debe ser cierto, porque basta sumergirse en esta página para darse cuenta de los diferentes y sugerentes estilos que pueden endulzarnos un rato de lectura. Haciendo honor a ese dicho dejo descansar los homófonos, comenzados en la columna del martes pasado, para darle su lugar a otro elemento gramatical que a pesar de su insignificancia gráfica es capaz, él solito, de producir auténticos cambios de significado: la tilde.
No me refiero a esa tilde académica y estirada que sigue las reglas de agudas, llanas y esdrújulas sino a otra mucho más juguetona que disfruta cambiando a su antojo la esencia de las palabras según donde se coloque. Sigue las reglas, es cierto, pero no es ahí donde está su valor y para muestra valga un botón, o mejor dicho… una tilde:
“Estando el AMO del lugar contemplando las tierras que alguna vez AMÓ, se le ocurrió que podría dirigir sus pasos HACIA aquella taberna pequeña y acogedora tal como HACÍA muchos años atrás cuando los acompasaba con los de una mujer. Cuando ella se marchó para no volver, DESTINÓ su tiempo a beberse la vida y de paso todo el vino que encontraba en bares y lupanares. Creyó así que le ganaba la partida al DESTINO. No sabía, pobre ingenuo, que el destino es paciente y sabe hacer noche en las venas. Aprendió a fuerza de gritos a la luna pronunciando su nombre, que el causante del dolor nunca es quien LASTIMA, sino quien después del daño, siente LÁSTIMA por sí mismo. La noche de la despedida, cesó el RÍO de sus lágrimas y RIÓ a carcajada limpia, cristalina, como si acabara de caer en la cuenta de que el dolor, como el amor, si no es de dos, tampoco existe”.
Tildes, tildes, tildes… pequeñas, casi casuales. Nuestro dolorido penitente sabía que no debía dejar de REVOLVER cajones y arcones hasta encontrar el REVÓLVER…

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
Mercedes E.M.

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