Siempre he tenido claro que la lengua es un ser vivo que nace, crece, se reproduce y muere. Tranquilidad, que no cunda el pánico, no me refiero al músculo que tenemos dentro de la boca, sino al idioma. Nadie va a amanecer un día cualquiera con la lengua por fuera por un crecimiento nocturno desmesurado. A esa creencia inicial y perfectamente demostrable, yo además añadiría otra: la lengua juega al escondite con los pobres y valientes estudiantes extranjeros que se adentran en el estudio de nuestro idioma materno sin saber lo que les espera.
Todo el mundo puede darse cuenta, con un poco de observación, de que nuestro idioma así tan variadito y variopinto no resulta nada fácil de aprender si no lo has mamado desde la cuna. Un ejemplo clarísimo de esto lo tenemos en el tiempo verbal más sencillo de todos: el Presente de Indicativo (se merece las mayúsculas aunque sólo sea por lo complejo que puede resultar no pareciéndolo).
Allá va entusiasmado y confiado nuestro sueco Inger dispuesto a aprender español. Mientras las clases avanzan por el idílico jardín del vocabulario básico todo va estupendamente. Girando por una hermosa glorieta de rosales se encuentra Inger oraciones y expresiones sencillas como “¡Buenos días! ¿qué tal está usted?”, “muy bien gracias ¿y usted?” “bien también, adiós”. Todo con un tono muy educado y formal. Claro que a Inger no se le cuenta de entrada que en España se saluda estilo “Pepeeeeeee, qué bien te veo cabr…” acompañado de unos cuantos palmetazos en la espalda que te pueden llegar a recolocar las cervicales. No es cuestión de que salga corriendo despavorido antes de llegar al fondo del jardín, donde se encuentran enredadas cuales zarzas salvajes, los tiempos verbales.
Nuestro inocente sueco vislumbra el peligro pero el profe lo tranquiliza diciéndoles que el presente es el tiempo que se utiliza para una acción que se está desarrollando ahora, en este momento en el que hablamos. “Ah bueno, es fácil” piensa en sueco Inger. Ja, ja, ja… Cuando ya ha aprendido a utilizarlo para expresar algo en el momento en que se hacer, resulta que el tiempo diabólico tiene valores. A saber:
– Presente habitual : “los martes Inger TIENE clases de español” . Pero, pero, pero… hoy no es martes, la frase sería “los martes Inger tendrá clases de español”. Da igual que hoy no sea martes, el martes la tiene.
– Presente histórico: “ayer VOY de compras y me ENCUENTRO las tiendas cerradas”. Pero, pero, pero… “ayer” ya pasó, ¿va hoy de compras o fue ayer?. Da igual que ayer ya haya pasado, probablemente el disgusto le dura lo suficiente como para sentirlo como algo presente.
– Presente con valor de futuro: “mañana me PIENSO si sigo aprendiendo español”. Pero, pero, pero… “mañana” no ha llegado, ¿ya estamos en mañana? ¿hemos viajado en el tiempo?

Esto podría ser un ejemplo de lo que pasa por su cabeza. Claro que el presente tiene más matices guardados en la manga, pero los tres zarpazos anteriores bastan para que comience a preguntarse para qué sirven entonces el futuro y el pasado como tales si el presente vale tanto para un roto como para un descosido (expresión de la que estuvo un día presumiendo cuando logró comprenderla). En ese momento, el profesor lo mira casi con ternura mientras le dice: “se acabó el tiempo Inger, nos VEMOS el próximo martes”.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
Mercedes E.M.

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