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Era una fría noche de invierno. El silencio se había apoderado de la solitaria estación de metro. Un vagabundo habitaba el lugar dormido entre dos bancos. De repente unos pasos rompen la noche. Alguien corre. La respiración acelerada de un joven avanza en los pasillos hasta llegar al andén. Se para unos segundos y mira a su alrededor. Al fondo hay otra salida, podrá proseguir su huida. Avanza rápidamente, pero una sombra asoma por la boca de metro que creía su salvación. Se queda petrificado en el centro de la estación.
La calma vuelve a traer el silencio. Otros pasos lo rompen. Aparecen dos hombres por los extremos de la plataforma. Ellos no corren. Se ven tranquilos, incluso felices.
—¡Qué queréis de mí! —gritó el chico visiblemente alterado.
—No hace falta que te lo diga. Creo que todos sabemos para qué estamos aquí —respondió el hombre del que venía huyendo.
Las dos personas que acababan de mostrarse en el andén no tenían conexión aparente. Uno era un hombre bajito y delgado. Tenía el pelo negro, llevaba un mono azul lleno de grasa y pasaría de los cuarenta. Por su pinta se podría decir que era un mecánico. El otro era un tipo de aspecto nórdico. Mediría alrededor de metro noventa y su piel era muy blanca. Tenía el pelo rubio, aunque con una prominente calvicie. Estaba trajeado con americana y pantalones azul oscuro. Lo acompañaba con una camisa blanca y corbata roja. El tipo de ejecutivo que se ve en cualquier oficina de la ciudad.
—Estás vigilando un alma, llevamos mucho observándote. –El mecánico era el que llevaba la voz cantante.
—¡Me he llevado una infinidad de tiempo sufriendo para renacer! Llevo en la Tierra doce o trece años, no tenéis derecho a perseguirme.
—Pequeño, esto es una guerra. ¿Quieres que esperemos a que te vuelvas un hombretón fuerte para que puedas aniquilarnos? Has sido muy descuidado chico, ahora lo vas a pagar caro. –Se burlaba mientras que el tipo nórdico seguía sin moverse.
—Sé lo que estáis tramando. Ya no es igual que antes, las reglas han cambiado —contestó visiblemente nervioso—. No me cogeréis vivo. No seréis los primeros demonios que mato. Recordad mi nombre, soy Yoel. —Mientras soltaba estas palabras se inclinó y apretó los puños. De repente dos espléndidas alas blancas salieron de su espalda mostrando un ser realmente extraordinario. Su mirada era desafiante y estaba preparado para entrar en batalla.
—Yoel, ¿no? Bien, pues yo soy Kim y mi amigo de ahí es Claus —dijo señalando al ejecutivo—. No tenemos pensado perder ante un insecto como tú. Será mejor que guardes tu fanfarroneo y te prepares para estar muchos años en dique seco.
Claus se puso en movimiento. Empezó a caminar hacia Yoel, que se giró para recibirlo de cara. El demonio ejecutivo empezó a transformarse. Su tamaño aumentaba mientras que su blanquecina piel iba cogiendo un color entre amarillo y marrón. Un par de cuernos salieron de su cabeza. Brazos, piernas y cara se desfiguraban a la vez que avanzaba. Al llegar a la altura de Yoel se había transformado en una gigantesca bestia de tres metros.
—Te voy a dar la oportunidad de que luches contra él –dijo el mecánico presuntuosamente–, contra mí no tendrías ninguna posibilidad.
—El tal Kim también había mutado, pero su cambio era menos apreciable. El brazo, recubierto de unas escamas marrón oscuro, finalizaba en una especie de zarpa que parecía hecha de lava. Por lo demás seguía siendo el hombre sucio que era antes.
—Estoy preparado engendro —dijo el ángel con autoridad—. No creas que te tengo miedo.
El gigante, que aún no había dicho una palabra, levantó su brazo izquierdo y golpeó a Yoel con intención de aplastarlo contra el suelo; sin embargo no tuvo suerte y sólo pudo romper unas cuantas baldosas.
El ángel era rápido. Se desplazó hacia su izquierda, cogió impulso en la pared y propinó una patada a Claus en la cara. A continuación saltó por encima de su cabeza para atacar su retaguardia. El demonio se tambaleo mínimamente, pero no desperdició un segundo y se giró sobre sí mismo para intentar cazar al ángel con su mano derecha. Yoel, con un golpe de alas, fue capaz de esquivarlo nuevamente y alejarse unos metros.
—No te será tan fácil —dijo el ángel al poner los pies en el piso—. Soy muy rápido.
Los demonios no abrieron la boca. La situación de la pelea había cambiado. Ahora Yoel se encontraba frente a sus dos contrincantes. A su espalda tenía gran parte del andén. Su movilidad sería mejor y, además, tenía la posibilidad de escapar por el hueco de las vías. Con el movimiento adecuado podría salir vivo de allí.
Claus, que abarcaba la mitad de la plataforma con su asombroso tamaño, arrancó con furia intentando arrollar al ángel. Éste retrocedió volando al ras del suelo. Viró hacia las vías para salir de allí, pero el demonio dio un sorprendente salto y con su puño estampó al Yoel contra el suelo. Aterrizó justo en la boca del túnel.
El ángel no esperaba ser alcanzado. Vio la posibilidad de escapar por el camino de las vías y se lanzó. Su situación empeoró bastante. Las salidas estaban bloqueadas por los demonios y el puñetazo de Claus fue tan violento que le había partido algunas costillas. “Todo este daño con un solo golpe y yo apenas lo moví con el mío” —pensó.
Los pasos del gigante se oían de nuevo. No estaba dispuesto a esperar las divagaciones de su contrincante. Éste se levantó y se dispuso a reanudar la lucha. Cogió impulso y lanzó un veloz ataque de frente. El demonio le quiso dar otro puñetazo, pero volvió a pegar contra el suelo. Ésta era la ocasión de Yoel, había cogido posición debajo del estómago de la bestia. Reunió todas sus fuerzas para propinarle un puñetazo en la barriga que lo levantó medio metro del suelo. Sin dejar que se recuperara flexionó sus piernas y cogió impulso para cabecearlo en la mandíbula. Lo hizo retroceder y perder el equilibrio.
El ángel se defendía bien. La enorme resistencia de Claus había sido superada y tenía una clarísima ocasión de escapar de allí. Justo a su izquierda se encontraba uno de los pasillos de salida. Con el gigante tambaleándose y el otro muy alejado, podría salir volando. Agitó las alas y se elevó para poner rumbo a la libertad. Sólo había sobrepasado el escalón del andén cuando un manotazo lo estrelló contra la pared, justo al lado de la salida que buscaba.
El demonio, furioso por el trato recibido, se equilibró en el momento justo para impedir la huida de su presa. El ángel se levantó después de haber rebotado contra el muro. El guantazo no le había hecho mucho daño, pero sentía sus costillas rotas en cada movimiento. La salida estaba allí mismo, aunque antes de que pudiera pensar en escapar, el mastodonte amarillo estaba saltando al andén para rematar la faena. Le obligó a retroceder al centro de la estación. Había desperdiciado su oportunidad y era poco probable que tuviese otra. ¿Qué iba a hacer?
—Bueno bola de sebo —dijo Yoel para descentrar a su adversario—. Creías que esto iba a ser fácil para ti, ¿verdad? Pues aún no has visto nada. En el próximo ataque de haré hincar las rodillas.
Claus arrancó de nuevo. Estaría a unos veinte metros de distancia. Cogió velocidad y volvió a entrar de frente. El ángel estaba preparado, se puso en guardia. El demonio saltó a su izquierda por encima de las vías. Puso sus pies en el muro y cogió impulso para hacer un ataque lateral. Yoel, sorprendido por el movimiento, lo esquivó en el último momento saltando hacia adelante. La mano del monstruo rozó sus pies y lo hizo caer. Quiso levantarse, pero no le dio tiempo. Claus le propinó una tremenda patada que lo hizo volar hasta el final del andén, chocando brutalmente contra el fondo. La sangre lo salpicó todo. El ángel cayó derrotado allí mismo. No podía mover un músculo. El gigantón, consciente de que la victoria era suya, se fue hacia él para rematar la faena.
Iba llegando cuando una voz se escuchó desde el fondo:
—¡Alto! —dijo el mecánico—. Yo acabaré con él.
—¿Cómo? —respondió su compañero hablando por primera vez—. ¿Cómo puedes decir eso? He sido yo el que he luchado. Me lo merezco, no creas que ha sido tan fácil.
—Vamos idiota —respondía Kim con desdén–. Éste era un alfeñique comparado con los anteriores. Ha luchado con honor, aunque no tuviese posibilidades. Se merece que yo lo termine.
—¡Pero qué coño estás hablando! —elevó los brazos cabreado—. ¡Si quiso escapar!
La disputa entre los dos compañeros dio un instante a Yoel que le permitió recuperar la conciencia. “Sólo hay una cosa que pueda hacer” —pensó. Estaba rodeado por un charco de sangre. Apenas podía respirar.
Puso la palma derecha en el suelo, cerró los ojos y se concentró. Un pequeño remolino de aire se empezó a formar alrededor de su mano. Del suelo comenzó a emerger una espada. Era plateada y muy brillante. Se fue elevando hasta dejar al descubierto la empuñadura.
Kim, que se estaba desgañitando discutiendo con su compañero, notó como Yoel se levantaba. Claus tapaba casi toda la escena con su voluminoso cuerpo, pero vio un movimiento extraño por detrás de él.
—¡Atento estúpido! —dijo con todo el desprecio que pudo—. Ese mosquito aún no ha muerto.
El monstruo se giró y abrió los ojos sorprendido. Yoel lo apuntaba con la espada.
—Reza todo lo que sepas engendro, aunque ya te digo que no te servirá de nada.

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