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Era n las siete de la tarde del 31 de diciembre de 1999 y en la redacción de Los lectores

Quieren saber cundía el pánico por si el tan traído y llevado efecto 2000 se producía, lo que conduciría al mundo civilizado al caos global. La dirección ya había previsto un plan de contingencias para aquella noche tan especial, aunque yo había sido la última becaria en incorporarme a la plantilla y no estaba incluida en él. Aun así había pensado hacer noche en la redacción, en la creencia absurda de que si permanecía al pie del cañón podría conjurar los malos augurios. Pero en aquel momento me encontraba ante el dilema de si quedarme en la oficina, según mi plan inicial, o acudir a la extraña cita que se me había propuesto hacía apenas unas horas. A lo mejor no se trataba más que de una broma de mal gusto, pero si lo que decía aquel hombre era verdad, tendría una gran historia entre manos. Quizás el riesgo valiera la pena. Además, contaba con la ventaja de que ya había cancelado todos mis compromisos y podía hacer lo que me viniera en gana. Seguro que en la redacción tampoco me echarían de menos.

El desconocido que me había llamado a mediodía decía ser celador en una residencia de ancianos llamada Las adelfas. Hice algunas averiguaciones y constaté que el lugar existía, lo cual ya era un punto a su favor. Sin embargo, lo que me había contado parecía tan inverosímil… Era de dominio público que al gran escritor, el buque insignia de la poesía su generación, lo habían asesinado al poco de empezar la Guerra Civil. ¡No era posible que siguiera vivo y en aquella residencia! ¿O sí? De ser cierto, ¿qué edad debería de tener ya? Eché cuentas y calculé ciento unos años. ¡Difícil, pero no imposible!: España estaba llena de ancianos longevos y acartonados, verdaderas momias vivientes a las que la parca se negaba a darles el hachazo definitivo.

Antes de tomar una decisión quise volver a hablar con mi fuente. Me encerré con el móvil en el baño para que nadie oyese la conversación. Después de unos pocos tonos el celador contestó a la llamada.

―¿Por fin se ha decidido, señorita Zurano? ―dijo sin más preámbulo.

―Digamos que todavía estoy considerando su ofrecimiento, señor… ―no sabía cómo dirigirme a él. En ningún momento me había dado un nombre.

―Llámeme simplemente Juan.

―Está bien, Juan. ¿Cómo sé que me está diciendo la verdad? ¿Que no es una treta para darse notoriedad por algún motivo que no acierto a comprender? ―Mi reticencia estaba más que justificada por lo insólito del caso.

―No lo puede saber. Para eso tiene que venir y verlo con sus propios ojos, escuchar su historia. Le prometo que no se arrepentirá. Paco está cenando ahora y luego lo llevaré a su habitación donde la esperará para charlar con usted.

― ¿Paco? ¡Vamos a ver! Pero si se trata de Federico, ¿no? ¿Por qué lo llama Paco ahora?

―No se sulfure. Comprenderá que si estuviera aquí con su verdadero nombre, lo sabría todo el mundo y usted no tendría ninguna exclusiva. Sí, su nombre real es Federico García Lorca ―Juan bajó tanto la voz que duras penas pude oírlo―, pero aquí consta con su identidad ficticia: Francisco Gómez Lemos. Es su alter ego. ¿No se dice así?

A aquella altura de la conversación ya había decidido que deseaba entrevistarlo a toda costa. Pero quería mantener oculto mi interés un poco más, de modo que seguí preguntando.

― ¿Y por qué tiene que ser precisamente esta noche? No parece muy apropiada para ir de visita a un asilo.

―Precisamente por eso, es la mejor de todas. Según mi experiencia, nadie viene a ver a los ancianos en fin de año y además, el personal está bajo mínimos. Será muy fácil introducirla en el dormitorio de Paco sin que nadie la vea. No se preocupe, que de eso me encargo yo… Ah, y no olvide mis cinco mil pelas. Ya sabe: favor con favor se paga.

No me hacía gracia aquella  exigencia. Yo no andaba por entonces muy sobrada. Pero si la jugada me salía bien, el dinero me acabaría resultando rentable. Además, sería el único dispendio de la noche, ya que aquel fin de año no tendría que pagar ni la cena ni el cotillón.

―No tenga cuidado ―acepté el trato―. ¿Le parece que las nueve es una buena hora?

―Perfecto. Hágame una llamada perdida cuando llegue. Estaré al tanto.

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Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitariotengo dos libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños", un libro de realtos "Y amanecerá otro día" y una novela "La luna en agosto". Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.

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