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-Recuerda, a las ocho, que tengamos tiempo para preparar las cervezas, el picoteo durante el partido y la cena rápida que viene después para celebrar la victoria. ¡Que a estos los machacamos!
Colgó el teléfono con la sonrisa previa a una gran noche. Otra noche de fútbol con Mario. Una más. Escrutaba su memoria para recordar la primera imagen que tenía de su amigo, y no podía precisarla. Pero estaba seguro de que era una de aquellas en las que aparecían juntos dándole patadas a un balón de fútbol.
Habían sido inseparables compañeros de patio en el colegio desde la infancia. No recordaba si siempre estuvieron en la misma clase, pero durante el recreo siempre ocuparon el mismo terreno de juego, compartieron el mismo pasatiempo y estuvieron en el mismo equipo. “¡Pásala, que estoy solo! ¡Goooooollllll! Somos los mejores”. Y sí, lo eran, en aquel pequeño escenario no había mejores jugadores que ellos dos. Recordaba ahora con precisión el día en que decidieron, a espaldas de sus padres, hacer una prueba en el equipo de su barrio. No les fue difícil convencer a los entrenadores de aquel equipo de que tenían plaza asegurada en aquel grupo. Y siguieron llegando los goles, las felicitaciones de sus compañeros y el convencimiento de que eran los mejores. Y del equipo de barrio pasaron a uno de campanillas. El destino les estaba reservando plaza entre los grandes futbolistas de su generación. Los estudios no los llevaban bien, pero poco les importaba mientras el balón siguiese entrando en la portería contraria. Se hicieron los tres inseparables: “Mario, Pedro,… y el balón”. Sonríe cuando recuerda que en bastantes ocasiones dormían Mario y él abrazados a aquel trozo de cuero.
Les gustaba también el mismo equipo de fútbol profesional. Y tras degustar un duelo futbolístico los sábados como protagonistas esperaban con impaciencia la tarde del domingo para ir juntos a un bar y visionar el partido del club de sus sueños. Se veían los dos entre aquellos jugadores que pateaban con tanta pericia el balón y acababan el domingo cantando la alineación de aquel equipo, pero con dos pequeños cambios, y los nombres de Mario y Pedro aparecían en el equipo que iba a ganar todas las copas del mundo.
Y llegaron las chicas. Y cambiaron poco a poco los balones por las pelotas. Estas empezaron a adquirir más protagonismo en sus movimientos. Ahora regateaban a los padres, a otros contrincantes y procuraban llegar a la puerta contraria con facilidad. Y si marcaban, gritos de placer, pero nada de abrazarse ya con los compañeros, pues solo jugaban partidos individuales. Mario fue el primero en abandonar la práctica del fútbol. Un ligue, que después se convirtió en novia, y que logró llevarlo al banquillo. Descuidó los entrenamientos, empezó a saltarse las normas estrictas que hasta entonces habían sido mandamientos, y su rendimiento empezó a bajar. De poco le sirvieron los excelentes números anteriores. Y no supo sobreponerse al frío de los suplentes y al silencio de la afición cuando pronunciaban su nombre. El gran Mario era ahora un jugador relegado a la suplencia y que apenas aportaba algo al equipo, ni siquiera la alegría que antes mostraba en el vestuario. Y de ese banquillo, Marta, su novia, consiguió llevárselo al suyo, más mullido, confortable, y donde el frío no llegaba.
A él lo apartó una lesión importante. Todavía le lastiman el golpe, los gritos de dolor, la operación de rodilla y la insufrible espera de una recuperación que nunca se produjo. Tardó un año en darse cuenta de que su unión al fútbol solo era posible desde la grada o desde cualquier taburete o silla de un bar, y de que cuando fuese mayor recordaría desde un sofá, mientras contemplase cualquier partido, las jugadas y goles que le podrían haber encumbrado en aquel mundo de cuerpos sanos.
Entre ambos retiros, una temporada larga y dura. Pedro buscaba en el campo a su amigo, pero este no estaba. Lo llamaba por teléfono para hablar, entre otras cosas, de fútbol, “¿viste el gol de Messi?”, pero Mario ya no veía los partidos. “No, no, ayer cenamos en casa de los padres de Marta”. Aprendió a convivir en un trío bien diferente, “Pedro, el balón, … y una chica”. Y entre ellos, la distancia que imponía la novia a la que no le gustaba el fútbol… ni Pedro, “que no es serio, que va de chica en chica, que solo piensa en correr tras las faldas y una pelota; a ver si crece”.
Abandonado a su suerte, sin Mario y sin el balón, también él sufrió la zancadilla de una chica. Intentó hacerle una sotana, pero se encontró delante de un cura prometiéndole amor eterno a aquella mujer de delantera imponente. “Teníamos el mismo final, Mario”, pensó. Pero él tuvo suerte. A su mujer, Carmen, no le molestaba que Pedro se desviviese por sentarse en el sofá delante de la pantalla si había partido. Es más, le encantaba poder estar un rato sin él, dedicándose a sus cosas, y solo rogaba que después el resultado de aquel evento no forzase discusiones o amores que no eran requeridos por asuntos importantes.
Pero sin Mario. Hasta que un buen día este se presentó en su casa para decirle que había decidido cambiar de competición, que los últimos partidos habían sido muy aburridos, y que se había animado a sacar en su equipo a una reserva, y le había complacido tanto su idea del juego que Marta ya no estaba en su equipo. Lucía era ahora la titular. Y que había tenido tanta suerte como él, pues era una mujer con vida propia a la que no le importaba que su pareja disfrutase con sus amigos viendo partidos de fútbol, mientras que ella no estuviese obligada a verlos. Y Mario había visto la luz, había recuperado el buen juego en el campo amoroso y había recuperado a su amigo Pedro para los festines futbolísticos.
– Estamos ahí en media hora, Pedro. Será una gran noche. Lucía ha salido a comprar un postre especial para celebrarla. No le gusta el fútbol, pero sí las celebraciones conjuntas.
¡Qué suerte habían tenido los dos! Estaban recuperando a marchas forzadas el tiempo perdido. Disfrutaban de estas veladas y de otras muchas que no tenían nada que ver con el fútbol. Las últimas vacaciones en Creta daban fe de ello. Lucía y Carmen congeniaron rápidamente. Un par de cenas en casa de unos y otros, unas salidas al cine, muchas tardes de compras y algunas cenas a solas ellas porque el fútbol así lo reclamaba. Y después se acoplaron a las noches de fútbol. ¡Oé, oé, oé, oé!
– A punto. Las ocho y media. Carmen estaba más impaciente que yo. Vamos a sentarnos que el partido está a punto de comenzar.
– Sí, no perdáis tiempo. Os dejamos solos. Carmen y yo colocamos las cosas para después, dejamos el postre especial en su sitio y nos vamos a hablar de nuestras cosas bien alejadas para que no os molestemos.
Pedro y Mario ya no escuchan a Lucía. Se sientan a ver el partido, y lo disfrutan a gritos, como siempre. Y ellas, en la habitación más alejada de la casa, se cuentan sus últimos avatares mientras se despojan de las ropas, y disfrutan a tímidos susurros de las penetraciones por la banda, de las tijeras espectaculares que ya quisiera para sí cualquier gran delantero de la liga, y tienen permiso especial para usar los pies, las manos más osadas y cualquier parte del cuerpo que lo precise en el enésimo partido que están disputando. No hay entradas violentas, es un juego de sutileza e inteligencia que provoca grandes jugadas y caras de satisfacción. La liga de los hombres está a un nivel ínfimo, mientras las suyas descansan en el suelo al calor de los cuerpos en que más tarde volverán a deslizarse.
-¿Qué tal el partido?
– Ufff, chicas, mal, nos jodieron en un fuera de juego clarísimo.
Las risas de ellas no provocan malhumor en Pedro y Mario. Nada puede afectar el resto de la velada.
– Sí, siempre en fuera de juego.
– Pero el miércoles hay Champions y a esos nos los follamos.
– Pues nada, el miércoles a follar, jajaja.
Y el pensamiento puesto ya en el miércoles despide la sesión futbolera.
– Bueno, chicos, a cenar. ¡Que aspecto tiene el postre especial, Lucía!. ¡Qué suerte tuvimos de que Pedro te encontrase!
Y en eso los cuatro estaban de acuerdo.

Photo by xomorrotxoa

Del cómic temprano a la novela, también temprana. De ahí a la Literatura en mayúsculas, oficio obliga. Lector ávido. La escritura siempre, aunque se mostrase hasta hace poco en círculos íntimos y en sugerencias y en peticiones de personas allegadas. Surjo del círculo por la ilusión de un proyecto, dar voz a fotos y cuadros, crear historias escondidas en imágenes de otros creadores. Y una secuencia rápida de momentos, participación en certámenes de escritura en vivo, recitación de poemas en varios escenarios, participación en un programa radiofónico donde se unen música y poesía, introducción en el mundo slammer, y la creación ininterrumpida de poemas y relatos. Y siempre el deseo de que mi mente y mis manos sigan asociadas en este mundo de la escritura.

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