“Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Todos saben que vivo,
que soy malo;
y no saben
del diciembre de ese enero.”

(Fragmento de “Espergesia”, de C. Vallejo)

DE DICIEMBRES

Yo también nací un día
que Dios estaba enfermo.
Como todos.
El germen de la locura
empieza en el principio,
en la luz del primer día
y en la versión recreada en el espejo.

¡Qué más da el mes,
si diciembre o enero,
si somos productos ajenos
de la última enajenación,
la postrera!
Nací como vosotros,
con las sombras en el parto,
con las penas en los ojos,
y una visión del horror
repartida entre el orgasmo
de mis padres
y la luz triste
de las arrugas en mis manos.

El suicidio en nuestro rostro,
marcado a fuego lento,
consumiendo las etapas
sin la suerte bravía
del que lucha mirando a la cara
a su enemigo,
frente a frente.

Y me parece verle,
escondido en la penumbra
de un asilo solitario,
único miembro del tribunal inquisitorio,
mientras va tachando,
sarcasmo en la escritura,
los nombres de quienes desafían
entre gritos de latente realidad
la crueldad que yace
en su oscura biografía.

Nacimos enfermos,
a su semejanza,
en el estado febril
que amenaza nuestros sueños,
que nos impone
la rebeldía del silencio,
la muerte parcelada
en un distrito donde la vida
es un juego de azares revoltosos
bajo la continua asechanza
de un croupier amenazante.

Y nos comparte en su venganza
todas las suertes del enfermo,
desde la ignorancia de los males
hasta la inoperancia de las vacunas,
porque no hay cura
para las tristezas de la vida,
para los avatares ya marcados,
para la disidencia ignorada.

A lamentos le buscamos,
y a gritos lapidamos su memoria,
triste nombre que acompaña
nuestros llantos más humanos,
la irremediable soledad
de quien no tiene cura,
de quien ya no espera
abrazos del progenitor
que le reservó una tumba
aquel diciembre de aquel enero.

Nacimos presos de la muerte
de un ser enfermo,
todos,
y en la gravedad de ese estado
contemplamos
la locura del silencio muerto.
Grave
porque nacimos a Dios
cuando estábamos muy enfermos.
La muerte espera.

Del cómic temprano a la novela, también temprana. De ahí a la Literatura en mayúsculas, oficio obliga. Lector ávido. La escritura siempre, aunque se mostrase hasta hace poco en círculos íntimos y en sugerencias y en peticiones de personas allegadas. Surjo del círculo por la ilusión de un proyecto, dar voz a fotos y cuadros, crear historias escondidas en imágenes de otros creadores. Y una secuencia rápida de momentos, participación en certámenes de escritura en vivo, recitación de poemas en varios escenarios, participación en un programa radiofónico donde se unen música y poesía, introducción en el mundo slammer, y la creación ininterrumpida de poemas y relatos. Y siempre el deseo de que mi mente y mis manos sigan asociadas en este mundo de la escritura.

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