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Recibió una visita inesperada. “Julián, hay un hombre que pregunta por ti. Una visita personal, nos ha dicho. No ha querido dar el nombre, dice que tampoco te serviría de mucho.” Recogió sus bártulos, un puñado de exámenes que tenía desperdigados por encima de la mesa, los colocó cuidadosamente, ahora sí, en su cartera, y caminó hacia la puerta del colegio. Era la hora del recreo, como antiguamente llamábamos a ese espacio. Media hora para un café que le alejase de las correcciones que lo habían tenido tan ensimismado. No reconoció de lejos a aquella persona. Ni de cerca. Pero el tono de voz con que se le dirigió, y el apodo con el que se nombró, iluminó los recovecos de su memoria donde había aparcado aquella época. “Ostras, Don Julián. igual que siempre. No se acuerda de mí, el Pencas”. Otra época. Otro ambiente. El Pencas, el Rubio, el Chori,… y un montón de rostros que le sonreían desde el pasado. 
Venía a tomar un café con él, a invitarle por todos los ratos que le había hecho pasar en sus clases. “Pero me caías guay, el único. A los demás, el café por encima, pero Don Julián… Don Julián es diferente.” Risas, historias, lamentos, encuentros con sus recuerdos, sorpresas, desconocimiento, “y le echasteis la bronca al bobo de Paco”. Media hora agradable. Media hora que se repetiría cada semana, los viernes, sin dilación. Ya salía del colegio buscando a su ex alumno para tomar el café de los viernes, un café diferente, un repaso al presente desde el pasado, la visita que anunciaba el fin de semana.
”Julián, un chico pregunta por ti”. “El Pencas, es viernes, el chico del que os he hablado en ocasiones.” “No, no es el Pencas. A ese ya lo conocemos. Otra persona.” Le extrañó. Era imposible que su amigo olvidase esa cita que se le había hecho imprescindible. Salió buscando al Pencas por todos sitios, no quería quedarse sin el café compartido, sin comentar la semana desde perspectivas diferentes, sin revolver la memoria para hallarse a sí mismo veinte años más joven y pensando en qué le depararía el futuro.. Pero no estaba. En su lugar, otra persona a la que no reconocía. “¿Don Julián?”. “Sí, pero, no te conozco, no…”. “No, no, no nos conocemos. Soy amigo de Juan, el Pencas.”.
El silencio le cortó la respiración. Un estremecimiento sacudió el cuerpo del profesor. “Voy a tomar con usted un café, el café de los viernes”. Involuntariamente. el estremecimiento anterior se tradujo en lágrimas. “Me hizo prometerle que cuando él ya no estuviese aquí para invitarle, el primer viernes que él no pudiese acudir a la cita, sería yo quien lo invitase, para comunicarle también que ya no volverá, que se ha marchado para siempre. Me habló muy bien de usted. Gran persona, como él. Y me dijo que no había tantos viernes ni cafés en una vida para recompensarle todo lo que usted había hecho por él.”
Desde entonces todos los viernes le traen a la memoria el fin… de una vida. Y algunos de ellos, una café compartido con el Pencas y su amigo.”

Del cómic temprano a la novela, también temprana. De ahí a la Literatura en mayúsculas, oficio obliga. Lector ávido. La escritura siempre, aunque se mostrase hasta hace poco en círculos íntimos y en sugerencias y en peticiones de personas allegadas. Surjo del círculo por la ilusión de un proyecto, dar voz a fotos y cuadros, crear historias escondidas en imágenes de otros creadores. Y una secuencia rápida de momentos, participación en certámenes de escritura en vivo, recitación de poemas en varios escenarios, participación en un programa radiofónico donde se unen música y poesía, introducción en el mundo slammer, y la creación ininterrumpida de poemas y relatos. Y siempre el deseo de que mi mente y mis manos sigan asociadas en este mundo de la escritura.

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Comments

  1. Me ha gustado mucho este relato. Rezuma añoranza (quizá por lo de recordar a alguno de nuestros profesores, aquellos que de verdad dejaron huella en nosotros) y mucha humanidad.
    Felicidades, Javier.

     

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