“ Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el antiguo Jefe Comisionado de la Oficina de Concesión de Pensiones había de recordar aquella tarde remota en que recibió aquel sorprendente obsequio, un gallo, un gallo de pelea. No imaginó que iban a ser compañeros de gallera. Una nota acompañaba al animal, una frase que le resultó enigmática: “El coronel quiso que usted siguiese cuidando del gallo”.
En su vida había habido muchos coroneles. Desde su oficina había papeleado numerosas pensiones para todos los militares que habían sobrevivido a las luchas que habían asolado su país. Pero no podía asociar a ninguno de sus beneficiados la posesión de un gallo de pelea. Ese animal representaba al pueblo, se había erigido en un símbolo de la lucha contra los militares que golpeaban con sus fusiles las libertades populares. Su primer error consistió en pensar solo en los triunfadores.
Pasó varios días contemplando aquel gallo y preguntándose quién se lo había mandado. Altanero, parecía desafiarlo con la mirada, “digno ejemplar de un belicista”, se decía. Sin respuestas y nervioso por las correrías continuas del ave, acabó atándolo a una de las patas de su cama, estado al que parecía estar acostumbrado el animal, pues se calmaba cuando la correa le permitía compartir nocturnidad con su nuevo amo. Al cabo de una semana decidió contar al responsable de la policía local el extraño suceso. Ese sería su segundo y definitivo error.
El mando policial inició unas pesquisas que no dieron resultado y decidió poner en manos de amigos militares la investigación. Al poco tiempo, el comisionado obtuvo respuesta, no en la forma que pretendía, pero sí una respuesta certera y definitiva. Y entonces supo de Agustín, el propietario del gallo que falleció mientras repartía panfletos contra el gobierno, y reconoció en su padre al coronel cuya carta de reconocimiento de pensión tuvo retenida en su despacho más de quince años, por mandato de personas más influyentes, sí, pero eso no venía al caso. Era un coronel liberal repudiado, luchador “aureliano”, que esperó un dinero que no le concedió nunca. Pero que había subsistido durante mucho tiempo sin esa soldada, y los gerifaltes del gobierno se preguntaban cómo había sobrevivido sin ese dinero. Y ahora, de repente, la viuda le obsequiaba su única posesión, para que siguiese cuidando de él, que siguiese cuidando, …
No se necesitó más información, ni juicio alguno. Además, allí no existían los juicios. Se le acusó de proveer al coronel de lo que el gobierno le había negado. Lo demás es historia: destitución, celda, golpes, interrogatorios, torturas, y una orden de fusilamiento que acabó con su cuerpo desangrándose en la plaza de su pueblo. Y un gallo de pelea que picoteaba triunfante las tripas de su cadáver sin que nadie lo evitase, “Dejen al gallo que se coma a ese mierda.”

Del cómic temprano a la novela, también temprana. De ahí a la Literatura en mayúsculas, oficio obliga. Lector ávido. La escritura siempre, aunque se mostrase hasta hace poco en círculos íntimos y en sugerencias y en peticiones de personas allegadas. Surjo del círculo por la ilusión de un proyecto, dar voz a fotos y cuadros, crear historias escondidas en imágenes de otros creadores. Y una secuencia rápida de momentos, participación en certámenes de escritura en vivo, recitación de poemas en varios escenarios, participación en un programa radiofónico donde se unen música y poesía, introducción en el mundo slammer, y la creación ininterrumpida de poemas y relatos. Y siempre el deseo de que mi mente y mis manos sigan asociadas en este mundo de la escritura.

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