En ocasiones me visita. Sin previo aviso. Sabe que tiene la llaves necesarias para llegar hasta mí y mantenerme en su conversación todo el rato que quiera. Y se va como ha llegado. De repente, calla, me deja sumido en el mundo interior que él ha removido, y marcha en silencio, sin que me dé cuenta de que ya no le contestaré a él, que mi respuesta tendrá su interlocutor. Y tras ese monólogo final que ha creado, acabo en el mismo estado de reflexiones silenciosas con que me había sorprendido su llegada.
Últimamente sus visitas son más frecuentes. Y lo espero. Lo llamo con mi silencio, con la quietud que me incita a recogerme en mi conciencia, con el rechazo de la corporalidad que tantos males me provoca. No tarda. No he iniciado el motor que pone en marcha los pensamientos más íntimos, las elucubraciones más personales, y él está ahí. Su sola presencia acelera mis palabras, que solo él escucha. Creo que se hace partícipe de ellas, veo asentimiento a mi discurso, me guía en mis respuestas a sus preguntas. Y discutimos, pero no discuto con él. Reabro las heridas de mi cuerpo y cada frase suya es una nueva cicatriz dentro de ellas. Pero siguen abiertas. Y marcha, y ya no está, y solo quedo yo, y mis heridas, y sus cicatrices. Y me duele el silencio que supone una lenta espera.
Hoy su visita ha sido más corta que otras veces. No ha pronunciado palabra alguna, no me ha hecho preguntas. me ha mirado, ha sonreído y ha desaparecido. No recuerdo si hemos hablado, si le he comentado los últimos sucesos. No lo sé. Pero siento un dolor insoportable en todas las heridas de mi cuerpo. Percibo la falta de cicatrices, un cuerpo llagado que sangra en hemorragia abierta. Y ha marchado, en un total mutismo. Quizás creí sonrisa lo que fue una sonora carcajada. A mi lado, una pistola cargada. No recuerdo si la dejó él, si me pertenece, el dolor no me deja pensar con claridad. Me martiriza. Acaricio la pistola y su frialdad resuena en mi mente, me habla, pero es la voz de él, “no más vanos intentos de suicidio”.

Del cómic temprano a la novela, también temprana. De ahí a la Literatura en mayúsculas, oficio obliga. Lector ávido. La escritura siempre, aunque se mostrase hasta hace poco en círculos íntimos y en sugerencias y en peticiones de personas allegadas. Surjo del círculo por la ilusión de un proyecto, dar voz a fotos y cuadros, crear historias escondidas en imágenes de otros creadores. Y una secuencia rápida de momentos, participación en certámenes de escritura en vivo, recitación de poemas en varios escenarios, participación en un programa radiofónico donde se unen música y poesía, introducción en el mundo slammer, y la creación ininterrumpida de poemas y relatos. Y siempre el deseo de que mi mente y mis manos sigan asociadas en este mundo de la escritura.

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