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“¡Joder!, ¡silencio, necesito silencio!”. Recuerdo exactamente las palabras de mi padre. Era mi primera noche en casa después de dejar el hospital donde me había dado a luz mi madre hacía escasamente tres días. Y dejé de llorar inmediatamente. Y también escucho todavía las siguientes palabras de ella, “pobrecito, mira, si tiene caca, como si le hubieses provocado tanto miedo que se ha cagado encima, mi niño, pobre”. Mi madre no lo sabía, no lo sabrá nunca, pero no había metáfora alguna en sus palabras. Pavor. Sentí pavor. Sí, y dejé de llorar y me cagué encima. A partir de ahí mi vida transcurrió en el más completo silencio. ¡Cualquiera se atrevía a emitir sonido alguno!
Fueron vanos todos los intentos que realizaron mis padres para conseguir mi imitación de cualquier sonido. ¡Cómo disfrutaba observando la ridiculez de sus gestos y el tono infame de su voz cerca de mi cara, “di papá, pa pá… nada, este niño no va a aprender a hablar nunca”. Tardaron meses en pensar que igual tenía alguna discapacidad que me impedía articular sonidos, y fue entonces cuando mi madre comentó que mis risas y lloros eran muy expresivos pero apenas perceptibles. Llegó un largo periodo de pruebas médicas y continuas lágrimas de mi progenitora. “Pobrecito, mi niño es mudo”. Y yo iba acumulando todas las palabras y gritos que no me atrevía a expresar delante de ellos. No me hubiese importado comunicarme solo con mi madre, pero el reparto de besos y caricias que regalaba a mi padre le otorgaba un papel de cómplice que no me inspiraba confianza.
Y crecí sin articular palabra alguna entre las risas de mis compañeros de clase y la angustia de mis padres. De los primeros aprendí a prescindir rápido. Por mis padres sentía mucha pena, porque las lágrimas habían envejecido a ambos prematuramente y entre ellos parecía triunfar también mi voto de silencio. Pero no podía soportar de nuevo un “joder, silencio” como el que había provocado toda esta situación. ¡Pobres!. Yo había aprendido a comunicarme con toda clase de aspavientos, a veces muy exagerados, sí, pero convincentes. Tan desgarbado parecía en alguno de mis mensajes que mi padre, influido por la lectura de Günter Grass, insinuó la compra de un tambor u otro instrumento para que me pudiese comunicar mejor. “Y si no, igual triunfa como músico”, añadía, con la poca sorna que le quedaba.
Así hasta la muerte de mi padre. Un infarto se lo llevó de repente, bueno, no tan de repente, porque todos los conocidos insinuaron que se veía venir, que tanta desgracia… Y se produjo el milagro. También al llegar a casa después del crematorio de mi padre. Una sarta ingente de palabras salió de mi boca en tropel angustiado. Sin orden ni concierto. según quienes me escuchaban, pero yo sacaba todos los pensamientos que había encerrado en mi mente todos aquellos años, en mi orden. Y me he convertido en un producto de feria, en un reclamo televisivo, en un milagro surrealista, “es el habla automática”, y mi padre va para santo, pues fue quien con su muerte provocó el prodigio. Tanta idiotez me cansa, estoy a punto de renovar mi voto de silencio.

Del cómic temprano a la novela, también temprana. De ahí a la Literatura en mayúsculas, oficio obliga. Lector ávido. La escritura siempre, aunque se mostrase hasta hace poco en círculos íntimos y en sugerencias y en peticiones de personas allegadas. Surjo del círculo por la ilusión de un proyecto, dar voz a fotos y cuadros, crear historias escondidas en imágenes de otros creadores. Y una secuencia rápida de momentos, participación en certámenes de escritura en vivo, recitación de poemas en varios escenarios, participación en un programa radiofónico donde se unen música y poesía, introducción en el mundo slammer, y la creación ininterrumpida de poemas y relatos. Y siempre el deseo de que mi mente y mis manos sigan asociadas en este mundo de la escritura.

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