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He permitido que pasara. Y ni tan siquiera era deseo, sino curiosidad.
Tras quince años de conocer una sola relación, un solo cuerpo junto al mío, el de mi ex, tenía que volver a recordar esta parte de la vida social, sexual.
Él no es el amor de mi vida, pero es el único hombre que conozco completamente discreto y de total confianza. Sé que quizá me quiera, o al menos me desea desde hace mucho tiempo. Eso tengo que aclararlo con él un día. Pero por ese mismo motivo se que será tierno.
Reconozco que, aun sin ser mi tipo, siempre se ha mostrado cariñoso conmigo, y cuando en una de esas noches de fiesta y copas sus labios rozaron mi cuello, pude notar las palpitaciones del deseo.
Hoy he dejado que su lengua recorra ese mismo cuello que dejó pendiente, y vuelvo a notar la humedad de la excitación.
Así que aquí estoy, acurrucada junto a él recibiendo sus caricias, y me va desvistiendo tan lentamente que sufro de impaciencia.
Mi sujetador, penúltimo reducto de mi fortaleza, ha caído al suelo junto con mi pudor.
Curiosamente, aun no me ha desprendido de mis braguitas, y va perfilando todo su contorno de encaje con su ávida boca. Me va derritiendo su dedicación, su empeño en conseguir mi gozo sin pensar en el suyo. Sorprendo su mirada en la mía como queriendo comprobar si me hace disfrutar.
Me lo dijo varias veces anteriormente: “soy feliz si te veo feliz”.
Pero creo que no llegué a comprender plenamente el alcance de esa frase.
Cariñosamente, asciende con sus besos por mi espalda y me rodea quedando frente a mí. Mira intensamente mis ojos, como queriendo guardarlos en la memoria, como si presagiara que no habría otra vez. Y no obstante, su expresión es de felicidad, y me observa con una dulzura infinita. Sé que quiere decirme algo, pero no se atreve, y por fin une sus labios a los míos lenta, suavemente, mientras me despoja de la última prenda.
Lo que yo necesitaba era sentir de nuevo que soy deseada, notar pasión en la relación, saber que alguien me quiere.
Y noto la pasión en él, y me recuesto sobre su cuerpo sin dejar de besarnos, sin separarnos un milímetro.
El placer llena mi cuerpo como no lo experimentaba desde hace mucho tiempo. Vuelvo a sentir un cuerpo llenándome sabiendo y notando que no es solo un acto rutinario, sino que va avalado por muchos más sentimientos. Es un acto de amor.
Cuando nos separemos tendré que replantearme muchas cosas. Pensar si debo continuar con este hombre, que ya he comprobado que sí, que me quiere; o continuar con mi vida como la había planificado antes de esta noche.
Sé que él me seguirá queriendo decida lo que decida, como ha hecho hasta ahora, discretamente.
Ahora, sin buscarlo, por esta experiencia, he descubierto nuevas cosas, he sentido placeres olvidados; y podría suceder, quizá, que vuelva otro día a amanecer en sus brazos.

Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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