(A don Blas de Lezo)
-Cartagena de indias, marzo de 1741-
Me despertó un rumor que crecía como un trueno lejano hasta estallar en una gran tormenta:
¡Arriba, arriba, que vienen los ingleses!
La conmoción nos hizo tropezar medio vestidos entre los camastros y las botas esparcidas por el suelo. Nos asomamos a las troneras del fuerte, y el sol, que se levantaba por nuestra espalda, iluminaba la mayor flota jamás vista hasta entonces.
Mi mente viajó a la ciudad, a Cartagena, donde se encontraba la mujer a la que acababa de pedir matrimonio.
Isabel, a la que su madre había nombrado así en honor de nuestra reina, se encontraría en ese momento disponiéndose a abrir la pulpería; el negocio familiar que su madre había heredado de aquel padre extremeño, que había muerto en la anterior refriega con los ingleses del año anterior. Mi mulata bonita, como yo la llamaba, corría un riesgo evidente si esos ingleses lograban por fin tomar la ciudad.
Y yo, desde este fuerte de San José de Bocachica, poco podía hacer para poder ayudarla.
Estos malditos estuvieron rodeando la bahía durante toda una semana, sin disparar, situando sus barcos estratégicamente. Y ante la imposibilidad de entrar por Bocagrande, doce navíos enemigos se dirigieron a nuestra posición.
Comenzaron a bombardear la batería y el castillo de San Felipe y consiguieron desembarcar algunas tropas. Lo siguiente seria atacar nuestro fuerte, donde recibimos un bombardeo terrible, hasta que se decidió que nos retiraríamos a Cartagena.
El día 14 de abril, haciendo caso omiso de mis oficiales, corrí a por Isabel, y bajo el bombardeo de esos perros ingleses logré ponerla a salvo en el castillo de san Felipe, el más grande y fuerte de Cartagena, donde iríamos todos los defensores que quedábamos con vida. Ella colaboró con todos los soldados ayudando a mover la tierra de las trincheras que don Blas nos hizo cavar alrededor de las murallas del castillo.
Con Isabel segura, solo me quedaba defender con mis compañeros la posición que teníamos encomendada.
Los vimos tomar el castillo de Popa intentando rodearnos, pero no sabían a lo que se iban a enfrentar. La rabia nos unía en una tropa fiera y sedienta de la vida de esos que se atrevían a atacarnos con unas fuerzas veinte veces superiores a las nuestras.
Imagino el sufrimiento de Isabel viendo desde la muralla como salíamos trescientos soldados españoles a bayoneta y machete, a enfrentarnos con diez mil ingleses.
No esperaban ese odio en nuestros ojos. Murieron por miles mientras huían de allí con la mitad de su flota destruida y con diez mil hombres caídos, sin contar los heridos.
Hasta primeros de mayo tuvimos escaramuzas y refriegas en toda la ciudad, pero al final se fueron retirando y nos dedicamos a reparar los daños que causaron las bombas del enemigo en toda Cartagena.
Don Blas, nuestro querido y bravo almirante, nos concedió permiso para casarnos en junio de ese mismo año.
Él, murió poco después, y la escuadra volvió a España cuando enviaron barcos y tropas de relevo.
Yo aun sigo aquí, y cuento la historia de mi vida a quien quiera escucharla.
La historia de cómo un labrador del interior de Andalucía, que no había visto nunca el mar, se vio inmerso en la batalla contra la armada más grande que existió nunca, y ayudó a ganarla contra todo pronóstico.
Y la historia de mi amor por Isabel, que me impulsó a luchar hasta morir si hubiera sido necesario, por defenderla, y defender nuestro futuro, ahora reflejado en estos dos preciosos hijos morenos que ella me ha dado. Uno de ellos se llama Blas.

Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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