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El disco rojo del sol asomaba sobre la línea azul del mar.
Solo el rumor de las suaves olas de esas horas de la madrugada, junto con los gritos lejanos de algunas gaviotas, daban vida a ese paisaje que parecía pintado.
Había llegado a la playa aun en plena oscuridad para ver ese espectáculo. Necesitaba esa imagen familiar y relajante después de levantarse agotado tras otra noche de insomnios dando vueltas en la cama. Se sentía muy agobiado.
Tenía mucho que pensar, y dependía de esos pensamientos y de las ideas que surgieran de tales cavilaciones, creía, su futuro.
En más de una ocasión había acudido a esas horas a ver salir el sol. Esa imagen, y los sonidos de la mañana, lo confortaban y parecían aconsejarle calladamente en sus momentos de preocupación.
Siempre se había imaginado viendo ese amanecer en compañía, y poder compartir la belleza de ese momento con alguien con la misma sensibilidad, pero seguía estando solo. No conseguía que las relaciones le duraran el tiempo suficiente como para compartir amaneceres. Incluso ya dudaba de si lograría ese mismo placer que sentía al ver nacer el sol, con otra persona.
Hoy había dejado a su actual pareja dormida y había huido a pedir consejo al alba.
Ya eran muchos años de relación en relación. Algunas parejas de una sola noche, y otras, como esta última, más estable, pero que solo era un consuelo sexual en fines de semana en los que ambos no tenían otros planes.
Él sabía que ella lo quería, y que seguía confiando en que algún día formalizarían su historia. Pero la compañía de ella no lograba llenar los huecos de su personalidad, y terminaba huyendo, como esa mañana, y buscando una escapada en soledad.
Tenía cada vez más claro que debía terminar con esa situación, y dejar de verse solamente para compartir sexo. No porque no fuera placentero para ambos, sino porque a pesar de ser un tipo de relación consensuadamente abierta, no podía evitar sentir cierto remordimiento al saber que ella quería algo más. Algo que él no le daría, y que, egoístamente, le parecía que le impedía conocer otras opciones, otra forma de vivir más estable emocionalmente.
Debía decidir qué hacer con su vida, con esta parte social de su vida que no terminaba de compartir plenamente con nadie, y notaba cierta necesidad de transformación.
Quizá la solución fuera un cambio drástico, cambiar de ciudad, buscar gentes nuevas, posibilidades de conocer un alma afín a él.
Pero no podía dejar el mar.
¿Qué otra cosa sino el mar podría consolarle cuando algo saliera mal y necesitara un consuelo?
No se imaginaba sufriendo cualquier desengaño, y no poder disponer de una orilla batida por las olas donde perderse, o un reflejo lunar en sus noches de soledad.
Al fin y al cabo, era un romántico, y siempre había querido ser un caballero decimonónico, pero no conseguía dominar todo lo que quisiera sus instintos. Dejaría de infringir daño a más amantes pasajeras.
Esperaría sin prisa a ese alguien que comprendiera sus cambios de humor, a los que él ya estaba acostumbrado, después de convivir con su rara personalidad tanto tiempo.
¿Quién soportaría sus raptos de melancolía o sus ansias de pasión desenfrenada alternándose sin motivo aparente, quizá incluso en el plazo de un solo día?
Buscaría a alguien que le pidiera ver amaneceres juntos, y que compartiera sus silencios y sus manías.
Podría continuar en su ciudad junto al mar, pero cambiando de ambiente, dejando de lado sus conocidos y los lugares habituales de reunión.
Necesitaba alguien que llegara a conocerle realmente. Debía existir en algún lugar un alma gemela, o al menos compatible con él. Pero para encontrarla tenía que cambiar su actitud y sus costumbres.
Ya el sol iluminaba la playa cuando miró alrededor. Una chica estaba mirando el amanecer tras él.

Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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