Tomaré un trago más de este vino. Me reconforta su sabor afrutado y algo ácido. Hace más dulce la espera.
Hoy, cuando llegue ella, firmaremos los papeles y separaremos nuestros destinos definitivamente.
Triste final para una época de nuestras vidas que ha sido en muchos momentos, feliz.
Nunca se me había pasado por la cabeza que podíamos terminar así, nosotros, que éramos ejemplo de convivencia para otras parejas.
Ni nadie pensó que acabaríamos separados, y sin ningún motivo aparente, sin ninguna evidencia externa que hiciera pensar que no seguíamos siendo la pareja perfecta.
Es que no hay una causa clara, un motivo grave para terminar con una relación ya larga como la nuestra. Pero por alguna razón, nació entre nosotros la desidia, el aburrimiento, la falta de interés o de ganas de estar juntos. Y así también, la acusación mutua de culpabilidad o responsabilidad en dicho desinterés.
Hace mucho tiempo que no nos apetece salir solos, y resultan agobiantes esas noches de ver la televisión juntos, pero en soledad, dirigiéndonos apenas unas palabras.
Ni tan siquiera el sexo, que ambos reclamábamos a menudo tan poco tiempo antes, tenía el poder de volver a unirnos, salvo en alguna contada ocasión.
Con seguridad, esta separación será lo mejor para los dos. Además, ha sido algo consensuado. Hemos descubierto que tenemos ideas distintas sobre cómo afrontar ciertos problemas; unas formas de pensar, y hasta de sentir, que no se corresponden después de tanto tiempo, con lo que creíamos saber uno del otro, y que nos hubieran llevado a la ruptura más adelante y hubiera afectado a unos posibles hijos.
Sin embargo, ahora tocará olvidar también lo que nos unía. Una evidente atracción sexual, ya que hemos aprendido juntos; muchas aficiones comunes, amistades, y el cariño.
No podemos llamarlo amor en esta situación, pero si afecto y admiración el uno por el otro.
Tendré que olvidar su cuerpo, su sonrisa, hasta su voz.
Olvidar lo bien que lo pasábamos cocinando juntos, los días de playa, o esas noches de pasión.
No sé qué palabras usaremos en la despedida; ni tan siquiera sé si nos besaremos. Es, en todo caso, un trámite desagradable. No envidio a quien tenga que pasar este trance si además va acompañado de resquemor o incluso odio hacia la expareja.
Aquí está ya. Tan guapa como siempre. Su sonrisa ahora es como la mía, con un deje de tristeza y un tanto de alivio. Nos damos la mano. Un beso en la mejilla. Su perfume inunda mis sentidos una última vez.
Una despedida.

Photo by Daquella manera

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Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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