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Recuerdo su mano menuda, suave, rozando mi mejilla.
Recuerdo su timidez, su miedo adolescente; el suave tacto de su ropa.
Solo unos minutos de encuentro a solas, solo una oportunidad para estar tan unidos, para descubrirnos.
Mis brazos rodearon su cintura y la atraje hacia mí hasta notar sus pechos pegados a mi cuerpo. Su aliento cálido alimentaba mi deseo.
Me detuve largo rato admirando cada poro de su piel, la forma de sus labios que prometían un dulce y húmedo sabor. Sus ojos, que sabían mirar desde aquel lugar tan profundo.
Acaricié sus hombros, su pelo. Era demasiado tiempo deseando tenerla tan cerca como para detenerme en un simple beso, por ansiado que fuera.
Tenía que regodearme en su contemplación, en la admiración de su belleza, y sentir un poco más el aroma de su cuerpo inundándome. Solo quería un plazo un poco más largo para esa felicidad que sentía.
Fue solo un simple beso. Un primer y único beso, lento y aterciopelado, que le di hace tanto tiempo, pero que marcó tan profundamente mi forma de sentir los besos. Aun guardo su sabor en algún rincón de mi memoria inaccesible al olvido.
Hoy la vuelvo a ver, más madura, más bella aun si cabe. Su cuerpo es también más adulto, sus pechos y sus curvas mucho más rotundos. Pero mis ojos van a sus labios como única meta.
Me siento cohibido, como si ella pudiera adivinar en mi mirada ese deseo por su boca, por volver a saborear sus labios.
Ahora son artificialmente más rojos. Aparentan voluptuosidad. Son muy atractivos y mucho menos inocentes.
¿A cuántos habrá besado en este tiempo? ¿Cuántos besos habrán supuesto para ella lo que significo para mí aquel único beso suyo? ¿Recordará ella el mío?
Deseo con una intensidad inesperada volver a abrazarla y respirar de nuevo su aliento. Que su boca vuelva a ser el destino de la mía.
Guardo una lejana esperanza de que ella me recuerde igual que yo, y sea cómplice del mismo deseo que siento. Que comparta mis mismos sentimientos y quiera sentir de nuevo mis labios y mis caricias.
Vuelvo a ver su mano, tal y como la recordaba, que habla con voz propia mientras la mueve al compás de su boca. Aquella mano que me rozó una vez dejando su marca para siempre en mi mejilla.

Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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