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No hay más que ver como la mira para saber cuáles son sus sentimientos hacia ella, aunque se esfuerza cada día en disimularlos.
Una luz interior ilumina su mirada cada vez que la ve aparecer, con su caminar tranquilo y sinuoso, atravesando el espacio con esas piernas que le hacen volver la mirada para que no resulte tan evidente la atracción que le causan.
Cuando habla con ella, no puede evitar una sonrisa de intensa felicidad, y se autohiptoniza con la contemplación de sus labios.
El día que un indiscreto botón de su camisa le permite atisbar un centímetro de su ropa interior, o el color levemente dorado de sus pechos, ese día, es absolutamente feliz.
Observa sus caderas perfectas cuando camina dos pasos por delante de él con total adoración. Se complace en la observación de su movimiento y su rotunda firmeza, con un placer rayano en la lascivia.
Le obsesiona la idea de poder disfrutar en alguna ocasión el sabor de su piel. La desea profundamente, pero no es solo por la pasión que le provoca la visión de su cuerpo, es algo más lo que lo hace suspirar con cada palabra suya, con cada sonrisa que ella le regala.
Es una chica bastante normal, ha oído decir, incluso a ella misma. No, para él es la perfección. No es solo un cuerpo esbelto o un rostro precioso; es un gesto, es su voz, sus movimientos. Todo en ella le produce una sublime admiración.
Nadie alrededor parece darse cuenta de que intenta atravesar su cuerpo con cada mirada, para intentar acariciar su alma.
Ella tampoco parece adivinar sus pensamientos, y conversa con él con total naturalidad, ajena a su secreto.
Hace tiempo que se prometió a sí mismo no volver a verla, o al menos, no tan a menudo. Cambiar sus hábitos y rutinas para evitar coincidir con ella y así minimizar los daños, ese dolor que le muerde por dentro cuando reconoce serenamente que su deseo es una fantasía irrealizable.
Pero le mueve la esperanza, y se acerca a ella casi de manera involuntaria, inconscientemente, con la ilusión de que algún día su alma se encuentre desprevenida y le permita entrar.
Y por supuesto para tener ese rato de placer que siente en su compañía. Tenerla cerca al menos por un momento se ha convertido en una adicción de la que pocas veces está dispuesto a renunciar, aunque sufra más tarde, cuando reflexiona y comprende que no disfrutará de esa intimidad que ansía tener con ella.
Por eso la echa de menos en cada actividad que realiza.
Cuando toma una copa de vino piensa en si a ella le gustaría; cree saber su opinión sobre cada canción que oye, sobre cada pintura que ve, sobre cualquier libro que lee.
Si estuviera con él, oyendo su voz, su risa.

Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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