La lluvia caía como sin querer, sin ganas, mojando la tierra como por obligación. Nada en ese momento parecía importar ni a hombres ni cosas. La tristeza calaba el alma como las gotas de esa lluvia hacían con el cuerpo.
Ella no vendría esa noche. Ninguna noche más.
El futuro dejó de asomarse a su presente. Ya no hay. Su futuro era María y ahora estaba perdido.
¿Cómo se puede avanzar si no hay una senda?
Piensa a menudo en que quisiera unirse a ella allá donde esté, pero no es capaz, y maldice su destino mientras vaga por las calles, llueva o haga calor.
Por no volver a casa. Esa casa que amueblaron juntos.
Cuantas risas compartieron decorando cada rincón.
Le costó muchas lágrimas que ella al fin empezara a reír, confiara en él, y lograr que ella olvidara su pasado y sus propias lágrimas.
Ahora recuerda su risa. Le parece oírla en cada habitación, surgir de cada mueble, de cada botella de vino que quedó a medio consumir.
La muerte se instalo en su dormitorio, y siente su frio aliento cada noche, en el lugar que antes ocupaba el calor de su apasionado cuerpo.
La vida se ha convertido en ese vino que a ella le gustaba y quedó en la botella. No es capaz de beberlo, ni de vivir ese resto de vida que le queda para él solo.
Recuerda su cara. Temía que podría olvidar sus gestos, sus ojos oscuros que tenían el poder de adivinar sus pensamientos. Tenía miedo de olvidarla.
Retiene cada momento pasado con ella. Repasa una y mil veces las fotografías que a ella tanto le gustaban, aunque él siempre fue remiso a aparecer en esas imágenes junto a ella.
No quería estropear tanta belleza apareciendo él a su lado.
Habla con ella todas las noches. María no le contesta pero él insiste en que lo escucha. Sigue poniendo música para María, la que le gustaba. Y cuida de sus flores, esas que ella misma se regaló para su cumpleaños, y a las que María a su vez, hablaba.
Sus amigos le dicen que abandone esa casa, que deje de pensar en ella, en el pasado. Pero no está de acuerdo. Siente que un poco de María sigue con él mientras pueda ver cerca las cosas que compartieron.
Quizá tengan sus amigos parte de razón. Lo hacen por él, por ayudarle. Pero no quiere olvidar. Aun no.
Prefiere salir y pasear. Recordar el momento en que se conocieron.
También llovía entonces, y coincidieron en resguardarse en el mismo portal. Comenzaron a hablar al principio tímidamente. Y cada vez descubrían más puntos en común. Rieron y charlaron durante una hora y la lluvia no paraba de caer. Esa noche salieron del brazo de ese cobijo, y se mojaron sin prisa camino de la casa de María. El volvió solo, mojado, feliz y enamorado.
También llovía el día del accidente. Si él hubiera conducido esa vez, incluso con la carretera mojada quizá lo hubiera evitado. Pero ella estaba sola.
Aquel primer día la lluvia fue para los dos, de los dos. Ahora la lluvia cae solo para él, y lo empapa de soledad.

Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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