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Una imagen me sacude hoy. Un recuerdo olvidado de un tiempo que pensaba perdido en la memoria pero que vuelve con fuerza.
Ahora veo que no tengo otros recuerdos de ese tiempo que no sea el de su imagen, sus palabras, sus besos.
Fue un tiempo perdido que dejó poca influencia en este presente mío, pero que ahora que lo revivo tan fuertemente, sé que no cambiaría por nada.
Pareciera que el tiempo no avanza, sino que da vueltas en un círculo eterno para hacerte revivir los afectos de un pasado que creías superado.
Después de separar nuestros caminos por senderos que iban alejándose cada vez más, resulta que de repente se vuelven a unir en este cruce del espacio y el tiempo, y resulta, si no doloroso, si extrañamente inquietante.
Y a mi pesar, este recuerdo se convierte en una vivencia actual, muy profunda, húmeda incluso, de añoranzas del deseo y de lágrimas.
Lo que costó tanto esfuerzo olvidar, en un momento regresa con toda la intensidad de aquellos años.
Porque su imagen sigue teniendo ese poder evocador, esa potencia física de voluptuosidad que no ha mermado con el paso del tiempo.
Abrazar su cuerpo era un retiro espiritual, trascendía lo físico para que todo el universo no importara. Solo su cercanía, su calor.
Su aroma intimo, que inundaba nuestros encuentros, vuelve a llenar mis fosas nasales como si hubiera sido ayer la última vez que sudamos juntos cuerpo con cuerpo.
Sé que este recuerdo prohibido se va a quedar conmigo esta vez. No podré en esta ocasión, ni quiero, olvidar su cuerpo, ni su cara. Quizá tampoco pueda olvidar lo que ya sentí y ahora revivo tan nítidamente.
El futuro, con seguridad, estará lleno de nuevos sentimientos, de distintos amores y de otros cuerpos; pero no cometeré el error de olvidarlos.
Serán archivados en la memoria con meticulosidad, especificando en cada uno de los casos el tipo e intensidad de los sentimientos. Fríamente.
Pero ni yo mismo me creo lo que pienso. No creo que sea capaz de distinguir un sentimiento en el momento de vivirlo. Ni creo capaz a ningún ser humano de hacer tal cosa.
La razón, que debería ser lógica, por algún motivo no sabe de sentimientos; y esa memoria, también por alguna razón que desconozco, se encarga de manera aleatoria, de recordar solo ciertas cosas y devolvernos imágenes olvidadas en el momento más inadecuado.
No recuerdo si ella me amó alguna vez. Me quiso, si, y hacíamos el amor con desesperación, pero no sé si me olvidó como yo a ella, o aun su memoria conserva los datos de mi paso por su vida.
Llegué a olvidar hasta su nombre, y ahora, hago un esfuerzo por recordar.

Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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