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Ha llorado, lo sé. Tiene los ojos rojos. Y eso supone para mí disimular y controlar mi propio desconsuelo. No debería ser así, pero la ternura que siento por ella, y el desasosiego que me produce su situación, me hace ser un poco tonto a veces. Además, hace un tiempo que la noto más delgada, y su sonrisa luce un poco más triste; pero está tan hermosa como siempre, con esas piernas infinitas que sostienen un cuerpo perfecto.
Desde que decidió cambiar su situación sentimental, y me lo confesó, estoy a todas horas pendiente del teléfono, con la impaciencia de un niño, esperando un mensaje suyo, uno solo de sus ¡hola!, pidiéndome que tome un café con ella mientras escucha mis torpes aunque bienintencionados consejos.
Espero con ilusión los ratos de confidencias y que llegue el momento en que use de mi amistad; que me pida un abrazo, un consuelo, y dejar que apoye sus penas en mi hombro. Quiero ayudarla, no quiero que sufra.
Pero también sé que quiero hacerlo para estar más tiempo con ella. Para poder sentir su cara cerca de la mía, y su cuerpo rozarse con el mío.
Ella ahora es frágil, porque en su situación, y a pesar de su inteligencia, está expuesta a cualquier falsa muestra de cariño de algún oportunista malintencionado. Puede también que sean celos los que me hacen ver a enemigos de su felicidad en todo el que se le aproxima. Pero sigo, como un tonto, confiando en que mis sentimientos sean solo un ejemplo de altruismo, de cariño sincero.
No quiero averiguar si mis afectos se limitan al aprecio limpio que me provoca la admiración por ella, por cómo es interiormente, por esa dulzura que parece connatural en ella, o es una especie de amor producido por ese mismo embeleso con el que la miro.
No puedo permitirme disfrutar de sentimientos egoístas ahora que ella me necesita.
¿A quién podría culpar por intentar acercarse a ella?
Su piel, de cálido color canela en verano, es como una perla de suavidad en invierno.
Cuando sonríe, contienes la respiración para poder prestar mayor atención a los gestos de su boca.
Cuando se recoge el pelo, los ojos se humedecen intentando acostumbrarse a tanta belleza.
Y sufro imaginando qué pensaría ella si supiera los sentimientos que me produce escucharla mientras sigo con anhelo los movimientos de sus labios. Solo soy, y quiero ser, su mejor amigo, y que ella me vea así. Se sentiría incomoda, si supiera cuantas cosas me hace sentir. Y se alejaría de mi impidiéndome ayudarla en este trance.
Debo centrarme solo en ella, en su felicidad, y apoyarla hasta que su vida vuelva a ser estable. Tengo que ayudarla a que olvide su antigua y rota relación y que pueda empezar una nueva vida.
Conseguir lo que quiero para ella
Que nunca vuelva a llorar.

Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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