Cuando Carmen se va, queda un hueco cálido entre las sabanas.
Como siempre, aspiro el perfume que deja su cuerpo en la cama, mientras ella aun esta vistiéndose, con esa calma apresurada que me permite disfrutar de la visión de su figura unos minutos más.
Confió en que llegue esa ocasión en que no tenga que marcharse después de estar conmigo; ansió tenerla toda la noche junto a mí y saborear su sudor, y ver como se adormece sobre mi cuerpo.
Nada queda de ella tras cerrarse la puerta. Tan solo su recuerdo en mis ojos que intentan memorizarla, y el aroma de la pasión recién consumada.
Su marido llegará a casa poco después que ella, justo a tiempo para la cena. Se dirigirán cuatro palabras amables y eso será todo.
Probablemente ella sufrirá más que yo en este tipo de relación, y a pesar de la tristeza de su vida cotidiana, a veces es Carmen la que me consuela a mí. Sabe de mi deseo de estar con ella siempre, y de cuanto me gustaría poder gritar al mundo lo que la quiero.
Pero la situación social, la notoriedad pública de su marido, la obliga a esperar, a aguardar con esperanza que cambien las circunstancias y pueda liberarse, y estar conmigo.
Solo tenemos estos ratos de encuentros en penumbras, donde intento hacerla feliz durante unos minutos que siempre se hacen cortos, y soy a la vez afortunado por tenerla, por amarla, y porque ella me quiera.
Carmen podía, simplemente, haber buscado un amante para hacer más soportable su monótona y gris vida matrimonial, como hacen otras señoras de su categoría social; pero aquel día que nos miramos accidentalmente en su fiesta, pude ver que no era como las otras. Ella necesitaba amor, y yo estaba dispuesto a dárselo todo. Tuvimos la suerte de enamorarnos, aunque en mal momento para ella, que tendría que aparentar ante todos la buena marcha de su matrimonio.
Quizá esta situación de clandestinidad en nuestra relación, y la necesidad de aprovechar al máximo el tiempo en nuestros encuentros, hacen que la pasión sea mucho más viva en nuestras relaciones, y se haya convertido el acto de amar en un deseo imperioso de sentir las pieles muy unidas, de dejar la marca de nuestro cuerpo en el cuerpo del otro de forma indeleble; de recordarnos durante el tiempo que no nos vemos atrapando los olores del otro, fundiéndolos con el propio aroma corporal.
Dejo mi huella en el cuerpo de Carmen con toda la pasión que ella me provoca, pero también con toda la dulzura de la que soy capaz.
Su cuerpo, de piel clara como sus ojos, desprende sensualidad en cada movimiento. La curva de sus pechos, tan suaves, marca la dirección que toman mis ojos cuando desplazo los tirantes de su vestido; y su cintura, en la que me detengo siempre largo rato, forma la frontera de mis deseos y de sus anhelos, que terminamos atravesando juntos.
A veces, cuando ella se va, miro la única fotografía que tenemos de los dos juntos, tomada en aquel discreto restaurante de un pueblecito cercano, y observo su expresión. Siempre ha estado preocupada en las escasas ocasiones que hemos disfrutado fuera de mi habitación, pero ese día fuimos felices, nos divertimos, y ella lo demuestra en esa fotografía, con su sonrisa brillante, que ilumina el cajón de la mesita cuando vuelvo a guardar la fotografía con exquisito cuidado.
Un día Carmen vendrá, y se quedara junto a mí, y reposaremos juntos después de amarnos con esa ternura y esa pasión mezcladas como lo solemos hacer. Y quedara por fin en mi habitación, al cerrar la puerta, algo más de ella, que no sea solo su recuerdo y su aroma.

Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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