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Deseó con todas sus fuerzas que llegara un convoy a la desierta estación de Moscú. El frío matinal atenazaba sus movimientos y se colaba entre su ropa de abrigo. Los escalofríos le recorrían la espalda. Al espirar, su aliento se condensaba en vaho. Sin embargo, el viento helador era lo que la mantenía alerta. Tuvo que esperar unos minutos, pero al fin divisó algo en la lejanía. Observaba acercarse a la máquina de hierro de la misma manera que un cazador observa a su presa. Quería elegir el momento justo para lanzarse, ese en el que fuera imposible dar marcha atrás. Cuando ya estuvo lo bastante cerca se preparó. «A la de una, a la de dos, a la de tres…». Pero dejó que pasara de largo mientras se mantenía inmóvil, con los pies bien pegados al suelo.
Anna, con el corazón todavía a mil por hora, inspiró con dificultad en medio de la vaharada espesa y caliente que quedó flotando en el aire. «¿Cómo he podido siquiera pensar en hacerlo?», pensó espantada. «¿Qué habría sido entonces de ti, mi pequeña Annie?». Luego, todavía conmocionada por el trauma que acaba de vivir, regresó a casa a toda prisa y le escribió una nota apresurada a Vronski:
Querido mío:
No pienses ni por un segundo que ya no te amo. Pero no puedo seguir viviendo a tu lado. Me asfixio rodeada de tanta falsedad. Por desgracia tendré que marcharme sin Seriozha, ya que Karenin, además de negarse a concederme el divorcio, no me deja acercarme a él. Pero eso no me impedirá buscar nuevos horizontes para mí y para nuestra hija. Estoy segura de que habrá algún lugar en el mundo en el que podamos vivir en paz. No intentes encontrarme, te lo ruego. Has sido el gran amor de mi vida, pero ahora necesito proseguir sola mi camino.
Siempre tuya, Anna.
La experiencia del suicidio no consumado había cambiado completamente a Anna Karenina. Ahora era una mujer nueva, llena de determinación y preparada para enfrentarse a sus miedos. Ya no estaba dispuesta a permitir que las habladurías y los convencionalismos se interpusiesen nunca más en su camino ni en el de su hija Annie. «Esto lo hago por ti. Sobre todo, por ti. Para que nunca tengas que pasar lo que yo he pasado. Para que tengas la libertad de amar y vivir como quieras, como el corazón te dicte, pequeña mía». Entonces abandonó para siempre la patria donde nació. Dejó atrás toda su vida anterior, renunciando a su familia, a los pocos amigos fieles que todavía le quedaban y a su amor por Vronski, para emprender con Annie una nueva vida en un lugar ignoto en el que la palabra reputación careciera de significado y los prejuicios no existieran.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitariotengo dos libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños", un libro de realtos "Y amanecerá otro día" y una novela "La luna en agosto". Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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