Estoy a punto de embarcarme en un vuelo hacia EEUU, concretamente voy a Atlanta, a los Center for Diseases Control ―que a partir de ahora denominaré simplemente CDC―. Me han invitado a dar una conferencia en el seno de un Symposium internacional sobre Legionella pneumophila. He estado muy atareada preparándola y deseo subir al avión cuanto antes y aprovechar el larguísimo vuelo transoceánico para dar las últimas puntadas y ultimar todos los detalles de mi comparecencia. Con franqueza, la idea de ser el centro de atención, aunque tan solo sea por unos minutos me pone muy nerviosa. Tengo que explicar las conclusiones de mi trabajo a un montón de estupendos científicos del mundo mundial que, a buen seguro, que saben tanto, si no más que yo misma, acerca del tema en cuestión.
El vuelo marcha con retraso y la desesperación comienza a hacer mella en mí. Viajo sola, pues nadie de mi equipo ha podido permitirse el lujo de pagarse un viaje semejante ―la invitación solo ha sido para mí por ser la conferenciante― y mi marido no puede desatender su trabajo durante los días en los que tengo programada mi estancia. Por otra parte, yo no puedo renunciar a semejante oportunidad sin correr el riesgo de menoscabar mi prestigio profesional, seguramente más escaso de lo que yo creo y deseo.
Mi relación con los CDC comenzó ―de manera nefasta, por cierto― hace casi tres lustros, a mediados de octubre de 2001, apenas unas pocas semanas después de los atentados del 11S. En aquella ocasión viajaba para comenzar a trabajar en la beca que me habían concedido. El programa de la beca consistía en el estudio de la capacidad de diferentes colonias o tipos de Escherichia coli para adherirse a los epitelios de las vías urinarias y causar infecciones ―sí ya sé que este asunto, como tema de conversación no da mucho de sí, pero es lo que hay―. Como es natural, yo ya había trabajado en ese proyecto en España y contaba con poder utilizar mi propia colección de cepas para continuar con mis investigaciones. De no ser así hubiera tenido que partir de cero y hubiera perdido meses y meses de trabajo. Yo sabía que llevar conmigo en el avión los viales con las bacterias liofilizadas ―eso sí, precintados como es debido―, a pesar de su completa inocuidad, no era del todo correcto. Hubiera necesitado un permiso que todos mis colegas me habían desaconsejado solicitar, pues era denegado a los extranjeros de forma sistemática. Sin embargo, no contaba con la psicosis creciente en los EEUU, tras los recientes atentados, ni con las fuertes medidas de seguridad que se habían implantado en todos los vuelos, en especial en los procedentes del extranjero.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitariotengo dos libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños", un libro de realtos "Y amanecerá otro día" y una novela "La luna en agosto". Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
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